LAS PUERTAS
DE LA
NAVIDAD

Introducción: los equívocos de la celebración de la Navidad como venida del Señor:

a) ¿Como puro y nostálgico recuerdo de un pasado que no volverá?
b) ¿Como sueño de un futuro idílico que ha de venir sólo para llevarnos más allá?
c) ¿Como buena noticia, a pesar de todo lo que está lloviendo, para el año 2002?

I..- UNA CLAVE BÍBLICA PARA LA NAVIDAD.

1.- El marana tha de los salmos:
     -22, 1-3 y 7-20: Una mirada hacia los otros como responsables de los males del mundo.
   -38, 2, 4 y 23: Una interiorización religiosa desde la conciencia de pecado.
   -40, 2 y 14: Una presentación aséptica del mal angustioso de la humanidad.
   -70, 2 y 6: Atención compasiva ante los gritos de angustia del pobre.
   -80, 2 y 15-17: La mirada misericordiosa de Dios hacia la deplorable situación de sus criaturas.

2.- El ven, Señor Jesús del N.T.
:

I Cor. 16,22 El que no ame al Señor, ¡sea maldito! «Marana tha.»
Apoc. 22,20 Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo
                     pronto.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

II.- NOTAS PARA UNA CLAVE TEOLÓGICA.

1.- A partir de dos seguridades:
   a) Es posible la Navidad, porque es posible la esperanza a pesar de todo.
   b) Tan es así, que muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia han vivido y hoy mismo viven desde la coherencia con su significado religioso.

2.- A partir de dos hipótesis:

   a) Las posibilidades de una conciencia que es capaz de vivir en paz frente a las manipulaciones de la Navidad: una lectura de G.S. 11 y 4.
   b) La incondicional solidaridad con las numerosas víctimas de nuestro mundo, más allá del romántico recuerdo de un Belén hoy irrecuperable.

3.- La Navidad, un envite para la esperanza teológica: GS 39.

4.- La Navidad cristiana como paso (pascua) desde las tentaciones a la celebración, puesto que no estamos dejados de la mano de un Dios que sigue encarnándose en quien, desde la pobreza, está dispuesto a acogerle.

          Desde una perspectiva cristiana, nuestro futuro no es una extrapolación de nuestro presente, sino el fruto gracioso del Adviento de Dios, de su venida y su porvenir, que suscita un dinamismo radical en nuestro actuar humano. Así, nos permite que participemos y cooperemos en la llegada de ese final, que es su advenimiento último y que la Biblia llama "parusía". La utopía de una alianza feliz, fraterna, entre todos los seres humanos, superados los fratricidios, las luchas de clases, de razas, de etnias y de tribus, se convierte en objeto de fe, de espera y esperanza a la vista de la Encarnación, hacia donde nos lleva más inmediatamente el tiempo de Adviento. La Encarnación nos descubre las primicias y la prenda de la parusía. Los hombres y mujeres pueden formar una familia feliz universal, porque Dios ha anticipado en Jesús su venida pacificadora y conciliadora. La paz y la comunión con Dios tienen como fruto la paz y la comunión de los seres humanos entre sí..

Daniel Pla. Valencia, 23 de diciembre de 2001

Textos
(en negrita el texto citado)


SALMO
22
(21)
Sufrimiento y esperanza del justo
1 Del maestro de coro. Sobre «la cierva de la aurora«. Salmo. De David.

2 ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos.

3 Clamo de día, Dios mío, y no respondes,
también de noche, sin ahorrar palabras.

4 ¡Pero tú eres el Santo, entronizado
en medio de la alabanza de Israel!
5 En ti confiaron nuestros padres,
confiaron y tú los liberaste;
6 a ti clamaron y se vieron libres,
en ti confiaron sin tener que arrepentirse.
7 Yo en cambio soy gusano, no hombre,
soy afrenta del vulgo, asco del pueblo;
8 todos cuantos me ven de mí se mofan,
tuercen los labios y menean la cabeza:
9 «Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre,
que lo salve si tanto lo quiere!».
10 Fuiste tú quien del vientre me sacó,
a salvo me tuviste en los pechos de mi madre;
11 a ti me confiaron al salir del seno,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
12 ¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca,
que no hay quien me socorra!
13 Novillos sin cuento me rodean,
me acosan los toros de Basán;
14 me amenazan abriendo sus fauces,
como león que desgarra y ruge.
15 Como agua me derramo,
mis huesos se dislocan,
mi corazón, como cera,
se funde en mis entrañas.
16 Mi paladar está seco como teja
y mi lengua pegada a mi garganta:
tú me sumes en el polvo de la muerte.
17 Perros sin cuento me rodean,
una banda de malvados me acorrala;
mis manos y mis pies vacilan,
18 puedo contar mis huesos.
Ellos me miran y remiran,
19 reparten entre sí mi ropa
y se echan a suertes mi túnica.
20 Pero tú, Yahvé, no te alejes,
corre en mi ayuda, fuerza mía,

21 libra mi vida de la espada,
mi persona de las garras de los perros;
22 sálvame de las fauces del león,
mi pobre ser de los cuernos del búfalo.
23 Contaré tu fama a mis hermanos,
reunido en asamblea te alabaré:
24 «Los que estáis por Yahvé, alabadlo,
estirpe de Jacob, respetadlo,
temedlo, estirpe de Israel.
25 Que no desprecia ni le da asco
la desgracia del desgraciado;
no le oculta su rostro,
le escucha cuando lo invoca».
26 Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea,
cumpliré mis votos ante sus fieles.
27 Los pobres comerán, hartos quedarán,
los que buscan a Yahvé lo alabarán:
«¡Viva por siempre vuestro corazón!».
28 Se acordarán, volverán a Yahvé
todos los confines de la tierra;
se postrarán en su presencia
todas las familias de los pueblos.
29 Porque de Yahvé es el reino,
es quien gobierna a los pueblos.
30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,
ante él se humillarán los que bajan al polvo.
Y para aquel que ya no viva
31 su descendencia le servirá:
hablará del Señor a la edad 32 venidera,
contará su justicia al pueblo por nacer:
«Así actuó el Señor».

(vuelve al texto)

SALMO 38
(37)
Súplica en la desgracia
1 Salmo. De David. En memoria.

2 Yahvé, no me castigues enfadado,
no me corrijas enojado.

3 En mí llevo clavadas tus saetas,
tu mano has descargado sobre mí;
4 nada intacto hay en mi carne por tu enfado,
nada sano en mi cuerpo por mi pecado.

5 Mis culpas sobrepasan mi cabeza,
como peso harto grave para mí;
6 mis llagas son hedor y putridez,
todo por mi insensatez;
7 encorvado, totalmente abatido,
todo el día camino sombrío.
8 Tengo la espalda túmida de fiebre,
no hay nada sano en mi carne;
9 entumecido, totalmente molido,
me hace gemir la convulsión del corazón.
10 Señor, tú eres testigo de mis ansias,
no se te ocultan mis gemidos.
11 Mi corazón se agita, las fuerzas me flaquean,
y hasta me falta la luz de mis ojos.
12 Compañeros y amigos huyen de mi llaga,
mis allegados se quedan a distancia;
13 los que persiguen mi vida tienden lazos,
los que traman mi mal hablan de ruina,
urdiendo falsedades todo el día.
14 Pero yo me hago el sordo y nada oigo,
como un mudo que no abre la boca;
15 soy como un hombre que no oye,
ni tiene réplica en sus labios.
16 Que en ti, Yahvé, yo espero,
tú responderás, Señor, Dios mío.
17 Me dije: «No sea que se rían de mí,
que me dominen cuando mi pie resbale».
18 Y ahora estoy a punto de caer,
tengo siempre presente mi pena.
19 Sí, confieso mi culpa,
me apena mi pecado.
20 Aumentan mis enemigos sin razón,
muchos son los que me odian sin motivo,
21 los que mal por bien me devuelven
y me acusan cuando busco el bien.
22 ¡No me abandones, Yahvé,
no te me alejes, Dios mío!
23 ¡Date prisa en socorrerme,
oh Señor, mi salvación.


SALMO 40
(39)
Acción de gracias. Petición de auxilio
1 Del maestro de coro. De David. Salmo.

2 Yo esperaba impaciente a Yahvé:
hacia mí se inclinó
y escuchó mi clamor.

3 Me sacó de la fosa fatal,
del fango cenagoso;
asentó mis pies sobre roca,
afianzó mis pasos.
4 Puso en mi boca un cántico nuevo,
una alabanza a nuestro Dios;
muchos verán y temerán,
y en Yahvé pondrán su confianza.
5 Dichoso será el hombre
que pone en Yahvé su confianza,
y no se va con los rebeldes
que andan tras los ídolos.
6 ¡Cuántas maravillas has hecho,
Yahvé, Dios mío,
cuántos designios por nosotros;
nadie se te puede comparar!
Quisiera publicarlos, pregonarlos,
mas su número es incalculable.
7 No has querido sacrificio ni oblación,
pero me has abierto el oído;
no pedías holocaustos ni víctimas,
8 dije entonces: «Aquí he venido».
Está escrito en el rollo del libro
9 que debo hacer tu voluntad.
Y eso deseo, Dios mío,
tengo tu ley en mi interior.
10 He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he contenido mis labios,
tú lo sabes, Yahvé.
11 No he callado tu justicia en mi pecho,
he proclamado tu lealtad, tu salvación;
no he ocultado tu amor y tu verdad
a la gran asamblea.
12 Y tú, Yahvé, no retengas
tus ternuras hacia mí.
Que tu amor y lealtad
me guarden incesantes.
13 Pues desdichas me envuelven
en número incontable.
Mis culpas me dan caza
y ya no puedo ver;
más numerosas que mis cabellos,
y me ha faltado coraje.
14 ¡Dígnate, Yahvé, librarme;
Yahvé, corre en mi ayuda!

15 ¡Queden confusos y humillados
los que intentan acabar conmigo!
¡Retrocedan confundidos
los que desean mi mal!
16 Queden corridos de vergüenza
los que me insultan: «Ja, ja».
17 ¡En ti gocen y se alegren
todos los que te buscan!
¡Digan sin cesar: «Grande es Yahvé»
los que ansían tu victoria!
18 Aunque soy pobre y desdichado,
el Señor se ocupará de mí.
Tú eres mi auxilio y libertador,
¡no te retrases, Dios mío!

SALMO 70
(69)
Súplica en la desgracia
1 Del maestro de coro. De David. En memoria.

2 ¡Oh Dios, ven a librarme,
Yahvé, corre en mi ayuda!

3 ¡Queden confusos y humillados
los que intentan acabar conmigo!
¡Retrocedan confundidos
los que desean mi mal!
4 Retírense avergonzados
los que dicen: ¡Ja, ja!
5 ¡En ti gocen y se alegren
todos los que te buscan!
¡Digan sin cesar: «Grande es Dios«
los que ansían tu victoria!
6 Pero yo soy pobre y desgraciado,
¡oh Dios, ven rápido a mí!

Tú eres mi auxilio y libertador,
¡no te retrases, Yahvé!

SALMO 80
(79)
Súplica por la restauración de Israel
1 Del maestro de coro. Según la melodía: «Lirios es el dictamen». De Asaf. Salmo.

2 Escucha, Pastor de Israel,
que guías a José como a un rebaño,
brilla, desde tu trono de querubes,

3 sobre Efraín, Benjamín y Manasés.
¡Despierta tu poder,
ven en nuestro auxilio!
4 ¡Oh Dios, haz que nos recuperemos,
ilumina tu rostro y nos salvaremos!
5 ¿Hasta cuándo, Yahvé, Dios Sebaot,
estarás airado mientras reza tu pueblo?
6 Les das a comer un pan de llanto,
les haces beber lágrimas a mares.
7 Somos la hablilla de los convecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros.
8 ¡Haz que nos recuperemos, Dios Sebaot,
ilumina tu rostro y nos salvaremos!
9 De Egipto arrancaste una viña,
expulsaste pueblos para plantarla,
10 luego cuidaste el terreno,
echó raíces y llenó la tierra.
11 Su sombra cubría las montañas,
sus pámpanos, los enormes cedros;
12 extendía sus sarmientos hasta el mar,
hasta el Gran Río sus renuevos.
13 ¿Por qué has hecho brecha en sus tapias,
para que la vendimie cualquiera que pase,
14 la devasten los jabalíes del soto
y la tasquen las alimañas del campo?
15 ¡Oh Dios Sebaot, vuélvete,
desde los cielos mira y ve,
visita a esta viña,
16 cuídala,
la cepa que plantó tu diestra!

17 Como a basura le prendieron fuego:
perezcan amenazados por tu presencia.

18 Que tu mano defienda a tu elegido,
al hombre que para ti fortaleciste.
19 Ya no volveremos a apartarnos de ti,
nos darás vida e invocaremos tu nombre.
20 ¡Haz que nos recuperemos, Yahvé Sebaot,
ilumina tu rostro y nos salvaremos!

G.S. 11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones plenamente humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.

G.S. 4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del mundo moderno.
El género humano se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los hombres con quienes convive. Tan es así esto, que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en la vida religiosa.
Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo no leves dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda sobre la orientación que a ésta se debe dar.
Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas ideologías. Por último, se busca con insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento de los espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos difícilmente llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo. El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a responder.

G.S. 39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios.

Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.