Elogio del Diálogo.

Juan José Garrido

(Publicado en Cresol. Nº 32, noviembre de 2002)

Todos sabemos que el Concilio Vaticano II, de cuya apertura se cumplen ahora cua­renta años, habla re­petidamente de diálo­go. Este termino, o sus equivalentes, apa­rece en él unas veintisiete veces, y de ellas diez, posiblemente las más en­jundiosas, en la Constitución Gaudium et Spes. Comienza esta Constitución, recordémoslo, diciéndonos que "la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia" (n.1) y que "no puede dar mayor prueba de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que dialogar con ella acerca de todos sus problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su funda­dor" (n.3). Para llevar a cabo esta su misión -sigue diciendo el Concilio- es deber permanente de la Iglesia escru­tar los signos de los tiempos, e inter­pretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada ge­neración, pueda la Iglesia responder a las perennes interrogantes de la huma­nidad sobre el sentido de la vida pre­sente y futura, y sobre la mutua rela­ción de ambos" (n.4).

La Iglesia, como vemos, no se siente ni se establece fuera del mundo y de su historia; ni contra el mundo y su historia. Sabe que forma parte del mundo, sin confundirse con él, y que por eso todas las vicisitudes del hom­bre, gozosas o dramáticas, le son pro­pias. La Iglesia está, vive y se desarrolla en el tiempo de los hombres y con los hombres de cada tiempo. Al igual que Cristo, su fundador, se solidarizó en la encarnación con el género huma­no, así también la Iglesia, que es la continuadora en la historia de la mi­sión de Cristo. Por eso la iglesia del Concilio no condena el mundo, sino que lo ama y respeta. Y la prueba de ese amor y respeto la constituye su voluntad de aportarle el Evangelio y su deseo de colaborar con los trabajos y afanes de los hombres en su camino hacia la verdad y la justicia. Con esta actitud, la iglesia cancela siglos de aislamiento y se prepara para una nue­va forma de presencia y acción en el mundo.

La solidaridad de la Iglesia con el mundo se expresó en el diálogo: "La mayor prueba de solidaridad que la Iglesia puede dar es dialogar con la entera familia humana acerca de todos sus problemas". La palabra "diálogo" traduce el término latino "colloquium", esto es, coloquio o con­versación. La Iglesia quiere entablar una conversación, un diálogo sereno y leal, con toda la familia humana, con los hombres de toda raza, nación, len­gua y cultura. "Diálogo" es, pues, pa­labra clave. En ella se concentra la nueva actitud y el nuevo talante de la Iglesia en su relación con el mundo.

Como sabemos, para dialogar es preciso, en primer lugar, "tener algo que decir"; y, en segundo, estar dis­puesto a escuchar, a "dejarse decir algo por el otro". Diálogo es, pues, mutua palabra y mutua escucha. Lo contrario del diálogo es el monólogo. Todos conocemos gentes que hablan mucho, que preguntan a los otros, pe­ro que ellos mismos se responden sin esperar siquiera a escuchar la palabra que tiene que decir el preguntado; son gente que sólo se escucha a sí misma y que, antes o después, acaban con­fundiendo la realidad con sus propios delirios y fantasías. Lo que pasa con las personas puede pasar, mutatis mu­tandis, con las instituciones, sean del tipo que sean. La Iglesia, en la Gau­dium et spes, expresa su firme volun­tad de no incurrir en el monólogo. Quiere escuchar; quiere exponerse a lo que el otro, en este caso el mundo, puede decirle. Porque el diálogo supo­ne el respeto del otro, reconocimiento de su competencia para hablar y de su capacidad de decir la verdad. El diálogo, además, sólo es compresible si cada uno de los dialogantes reconoce la autonomía y la libertad del otro y, en consecuencia, si se da entre los dia­logantes una cierta simetría de relacio­nes. Por eso la Iglesia del Concilio reconoció la justa autotomía del mun­do y del hombre.

Al diálogo se va con las propias convicciones y verdad; para dialogar, hemos dicho, es preciso tener algo que decir. Y la Iglesia quiere decir al mun­do la verdad de Cristo. Esto es muy importante. Porque dialogar no es, como algunos piensan hoy, síntoma de debilidad, ni de falta de convicciones fumes, ni de fe insegura y dubitativa. Todo lo contrario. El inseguro en su fe es el que tiene pánico a exponerse, a exponer y confrontar sus creencias con los demás, a argumentar sobre la verdad de su propuesta. Por eso se encierra en sí mismo y se aísla en sus estériles monólogos. Y suele disfrazar su inseguridad y sus débiles convic­ciones con actitudes dogmáticas, con repeticiones extemporáneas. El dog­matismo no es sinónimo de fidelidad a la verdad, pues toda fidelidad auténti­ca es creadora, mientras que la fideli­dad de superficie es repetitiva. El dogmatismo, en todos los campos, es una patología del espíritu. Se equivo­can quienes piensan que el dogmatis­mo es una propiedad de la verdad. El dogmatismo, a mi entender, es sólo un modo deficiente de vivir la relación del sujeto humano con la verdad: el modo caracterizado por la pretensión de una posesión exclusiva y exclu­yente. Dogmático no es el que cree en la verdad y posee certezas y convic­ciones firmes, sino el que se cree en posesión de la verdad de forma cerra­da y contra los demás; dogmático es quien se comporta como dueño abso­luto de la verdad y no como su humil­de servidor. Dialogar, pues, no es síntoma de debilidad en la fe, sino un servicio a la verdad y un servicio a los hombres.

Es cierto que en todo diálogo, si es leal y sincero y no mera estrategia, uno se arriesga a tener que rectificar, revisar, buscar mejores y mas adapta­dos argumentos para hacerse entender. Pero lo que se revisa y rectifica no es la verdad en si misma, sino las ad­herencias históricas y contingentes con que inevitablemente toda verdad se presenta. El diálogo no fomenta el relativismo; es mas, para un relativista el diálogo no tiene sentido. No deja de ser significativo que ni dogmáticos ni relativistas crean en el diálogo.

La Iglesia salida del Concilio quiere dialogar; quiere hacerse mas inteligi­ble y transparente, y lo quiere porque posee la convicción intima de que tie­ne algo muy valioso que aportar a los hombres: a Cristo, verdad de Dios.

La Iglesia del Concilio quiere dialo­gar, y por eso, esta dispuesta a escu­char. Solo escuchando puede "escrutar los signos de los tiempos e interpretar­los a la luz del Evangelio. Quiere es­cuchar para conocer los problemas fundamentales del hombre; para ello tiene que mirar con profundidad el mundo que le rodea, las realizaciones culturales de los hombres, con el fin de descubrir, quizás en estado latente, aquellas expresiones que denuncian la "preocupación última", en expresión de P. Tillich; para captar en las inquie­tudes y gozos, en las esperanzas y te­mores de los hombres la huella de Dios y la fuerza del Espíritu, la exi­gencia, con frecuencia no explícita, de una Palabra nueva, pero que a la vez responde a sus mas íntimos deseos. Se trata, como dice el Concilio, de captar los signos de los tiempos que en la vida, historia y culturas de los hom­bres apuntan hacia el ámbito de la trascendencia.

Y Cristo confesado como el sentido pleno de la historia y el hombre, como la Verdad en la que encuentran senti­do y plenitud las verdades de los hom­bres, es la luz desde la que hay que interpretar esos signos. Para ello es, pues, necesario dialogar, escuchar.

A los cuarenta años de la apertura del Concilio me ha parecido oportuno recordar estas cosas tan fundamenta­les. De ahí este Elogio del diálogo.