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LA
VIVENCIA COTIDIANA DE LA EXPERIENCIA RELIGIOSA
Julia Navarro C.
Voy a
enfocar mi intervención desde mi experiencia personal de mujer creyente,
nacida a mediados del siglo XX. No es mi intención aportar ningún
contenido teórico con estas palabras; tampoco mi siento capacitada para
ello. Si he aceptado estar aquí hoy, rodeada de gente mucho más
cualificada, es por ofrecer un testimonio de cómo voy integrando la
vivencia de la espiritualidad en mi vida ordinaria.
Mi
experiencia de la fe, tal y como me enseñaron en mi juventud cuando
pertenecía a la JEC, y como la sigo viviendo ahora en mi grupo de
Graduados, descansa en tres aspectos:
a) adquirir
formación teológica y humana:
Creo que cada uno desde su nivel,- y este es
un foro universitario-, debe aspirar a profundizar en el conocimiento del
contenido de aquello que cree; de lo contrario se produce un desfase entre
su formación religiosa y la de sus estudios específicos. Por otra parte,
si queremos que nuestra creencia sea inteligible para el mundo en que
vivimos, hemos de conocer su lenguaje, su cultura y desde ahí entablar un
diálogo fecundo. No podemos dejar de estudiar ese lenguaje y esa cultura.
Recuerdo con emoción cómo nos ayudó la lectura de los novelistas que
abordaban temas relacionados con la espiritualidad siguiendo la obra de
Charles Moeller “Literatura del S.XX y Cristianismo”.Qué bueno sería
seguir su ejemplo con cine, por ejemplo. Nunca se acaba nuestra
posibilidad de crecimiento y de aprendizaje, y espero que en ningún
momento me abandone la ilusión de seguir creciendo. (Eso forma parte para
mí de la llamada a la santidad que nos hace Jesús cuando nos recomienda
“ser perfectos”)
b) alcanzar la necesaria coherencia entre la
fe que profeso y el compromiso que deriva del seguimiento de Jesús (acción).
Una de las características de la persona que se confiesa
religiosa es precisamente la dimensión de unidad que intenta dar a su
vida. No cabe desvincular lo que uno cree, lo que piensa y lo que dice y
hace. Un hombre o una mujer creyente es, por definición, auténtico e
irradia verdad, su vida se percibe sin fisuras. Vivir desde la fe es
ponerse en camino para lograr esa unidad que permite vivir en paz. La
persona de fe no es un ser atormentado por múltiples cargas y preceptos:
es una persona feliz. Y su felicidad no radica en la posesión de una
Verdad excluyente, ni en la seguridad de la salvación futura. Tampoco en
la creencia ingenua de haber logrado la perfección. Jesús nos ofrece la
posibilidad de ser felices día a día, a pesar de nuestras imperfecciones e
infidelidades. Él nos pide que emprendamos el camino, conscientes de que
caeremos, pero seguros de que Él está ahí para levantarnos, de que nada en
nuestra vida es irreparable. Vivir desde esa convicción es una gran fuente
de paz y equilibrio personal que nos capacita para afrontar las
contrariedades y las contradicciones de la propia historia. Sólo desde la
presencia cercana de Dios podemos proponernos el reto de alcanzar la
plenitud humana.
Sin
embargo hay muchas personas que afirman una pertenencia religiosa desde el
punto de vista sociológico, es decir, que están incluidos en las
estadísticas numéricas de determinada confesión religiosa, o que
mantienen una vinculación ocasional a determinados actos más o menos
solemnes, para adoptar una conducta personal o social al margen de las
creencias y valores de dicha confesión. Nuestro testimonio debiera
contagiarles hasta qué punto la vida religiosa dotada de autenticidad, es
fuente de alegría y motivo de gratitud.
c)
experimentar la relación con Dios a nivel personal y comunitario (espiritualidad)
Siempre me recuerdo como persona religiosa. Nacida en una
familia muy creyente y crecida en unos años en que el entorno social
favorecía una práctica religiosa rígida y exigente. No seré yo quien añore
aquellos tiempos de catolicismo oficial como una experiencia a reproducir
y conservar. Pero yo crecí en ellos. Y tuve el privilegio de vivir el
momento en que la Iglesia abrió sus puertas y ventanas al mundo, con el
Concilio Vaticano II. Justo cuando entraba en la adolescencia, cuando el
corsé rígido de lo obligatorio ahoga el impulso de vivir desde la
autonomía, cuando esas ansias de libertad te rompen por dentro.
Y entonces recibí el regalo de poder rezar en mi lengua,
cantar desde mi sensibilidad, compartir las vivencias con mis compañeros,
celebrar fuera de los muros de los edificios, bajo el cielo estrellado o
sobre las cumbres diáfanas de mi tierra. Pude sentirme cerca de Jesús,
aprender cómo seguirle, buscar en las páginas siempre nuevas del Evangelio
las raíces y el fundamento de mi vida.
Desde ahí logré apreciar también la belleza
del canto gregoriano, o los himnos y cantatas de los clásicos,
incorporarme a las celebraciones en los templos aunque estén llenos de
personas desconocidas y sus expresiones y gestos me resulten ajenos.
El reto es ahora para mí, y creo que para
la Iglesia entera, vivir la espiritualidad en un mundo plural. En el
concilio se proclamó que la fe no se impone: se propone. También se afirmó
la legítima autonomía del mundo y la necesidad de que los cristianos
compartamos sus penas y sus glorias en el destino histórico común. Y esta
convicción me obliga a repensar el modo de vivir las exigencias de mi
opción de creyente, miembro de la Iglesia católica. Porque tengo el deber
de respetar otras opciones, compartir con ellas los valores que coincidan
con el Evangelio, testimoniar mi creencia en que el programa de vida de
las Bienaventuranzas es la propuesta más plena de felicidad que puede
recibir el ser humano. Y al mismo tiempo, necesito alimentar mi fe con la
reflexión y profundización, la celebración de los sacramentos, la oración
personal y compartida con mi comunidad cristiana, Iglesia doméstica.
Este es, según creo, el momento en que nos
encontramos: aprender a acoger, no a excluir, a compartir, no a revindicar
espacios que no nos pertenecen, a construir, no a atomizar alternativas y
propuestas coincidentes, aunque partan de presupuestos distintos. Soy
consciente, (y lo vivo muy de cerca), de que esta actitud conciliar de
abrir ventanas al mundo nos pone en el riesgo de que el vendaval haga que
se tambaleen las raíces fundamentales de nuestra fe. Pero creo que
precisamente para conjurar esos miedos, el Espíritu está presente en los
sacramentos que acompañan todos los momentos de nuestra trayectoria vital.
Y para mí, el camino es vivir intensamente la celebración de esos
sacramentos: reavivar y llenar de contenido cercano nuestras
celebraciones, despojarlas de los elementos que enmascaran su sentido
auténtico, desarrollar nuestra imaginación para conectar con el momento
cultural de cada sociedad y no privar a las futuras generaciones de la
posibilidad de acercarse a una realidad que es para ellas promesa de
felicidad y salvación.
No cabe duda que no es fácil vivir la
espiritualidad cuando estás inmerso en una sociedad profundamente
materialista e individualista. Las exigencias de un compromiso cristiano
en la familia, en el mundo laboral, en la sociedad, en la institución
eclesial, son tantas, que a menudo nos abocan a un activismo peligroso
porque queda poco lugar para fundamentar y encauzar todas esas
actividades. Para mí es muy importante apoyarme en la oración personal. .
Es una disciplina cotidiana que vale la pena: la de provocar el momento
de referirte a Dios y encontrarte a solas con él: aprovechar los momentos
de soledad y silencio real o cuando estás en medio de la multitud.
Y he de decir que me ayuda mucho recurrir a
textos bíblicos, y guiarme con reflexiones a mi entender muy ricas y
sugerentes de mujeres de fe como Dolores Aleixandre y otras. Creo que la
aportación de la mujer a la espiritualidad cotidiana es muy vital y
cercana. Hay que estar atentos a esa otra visión tan necesaria en nuestro
mundo y nuestra Iglesia.
Pero también hemos de compartir la oración
y buscar espacios y tiempos para celebrar juntos. La sociedad plural
apunta hacia la liberalización de horarios laborales, sin que el descanso
dominical, o del viernes o del sábado vayan a poder ser universalizables.
Es nuestra tarea preservar la celebración religiosa en este contexto, a
través de comunidades cercanas, acogedoras y cálidas, que no supongan un
peso adicional a la ya dura exigencia de la vida en que estamos inmersos,
sino el lugar donde vertemos nuestras inquietudes, formamos nuestra
conciencia cristiana y tomamos las fuerzas para seguir siendo testigos de
fe en el mundo.
Por último he de decir que, a nivel
personal, creo firmemente en la importancia de la Eucaristía como momento
privilegiado de encuentro con Dios y la comunidad cristiana. Es la oración
por excelencia, donde ministro y fieles rezan en plural, donde se hace
cercano a Jesús, donde radica la esperanza de salvación para este mundo
convulso. Es el momento en que podemos transformar nuestra impotencia de
hombres y mujeres en fuerza redentora allá donde parece que nada es
posible. Confieso que no tengo otra devoción especial; no sé si los muros
del colegio del Patriarca S. Juan de Ribera, donde desde hace tantos años
se reúne mi grupo cristiano son responsables de este regalo. También mi
familia me lo trasmitió así, con pocas palabras pero con mucha fe.
Por todo ello, doy gracias a Dios, y a
vosotros por escucharme. |