RETIRO DE NAVIDAD
Domingo 22 Diciembre 2002

Vicente Fabra.

Os quiero invitar al silencio. No es fácil llegar a él; incluso cuando nos parece que hemos llegado  puede ser un mero “disfraz”, una impostura.

Como las invitaciones –y esta es una de ellas- son lo que son y no más, yo me sentiría contento si durante estas semanas logramos algunos momentos de verdadero silencio. No el que nos lleva al vacío, sino el que nos acerca a la promesa. Si no puede llegar, que se espere. Tengamos confianza. Y si llega, vivámoslo con gratitud.

“Mas este primer silencio aún no es el silencio. Que se espere, pues las hojas de los árboles van a acomodarse mejor todavía. Tal vez algún tardío paso, con esperanza se atreva por los peldaños.
Mas hay un momento en que se yergue el espíritu atento del cuerpo descansado, y de la tierra, la alta luna. Entonces él, el silencio, aparece.
Late el corazón al advertirlo”

(Claire Linspertor)

No podemos, desde luego meditar respondiendo a tantas cosas como pueden venir a nuestra mente, ni pretender que el gran misterio de Dios, pueda aprehenderse en nuestros estrechos caminos. Si hemos obedecido a Juan el Bautista y hemos preparado el camino del Señor, ya nos podríamos ir, pero me temo que sería más conveniente rezar con el Salmo 84:

“Mi alma suspira y desfallece
por los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne se entusiasman
en busca del Dios vivo”

Mas en busca del Dios vivo que nos cuesta reconocer. Es verdad que hemos de allanar el camino (como dice Juan) pero el trabajo fuerte lo lleva Dios. Probablemente ya el entusiasmo de que nos habla el salmo, nos lleva a preparar el camino. Enemigo es pues la rutina y el aburrimiento de los días y los tiempos que pasan y se suceden, donde la novedad parece que sea necesaria para que rompa algo que nos inquieta. El entusiasmo del salmista, debe ser el del creyente. Admirado y perplejo es el hombre de fe que se enfrenta ante la grandeza del misterio, desarmado. El entusiasmo nace del que, aun sintiéndose rebasado, sobrepasado, no puede dejar de admirarse. Y acercarse a contemplar. De ahí la necesidad del silencio. El salmo 84 termina diciendo:”dichoso el hombre que confía en ti.”

Os invito a que en esta meditación, si conseguís el silencio, os pongáis en manos de Dios y confiéis vuestras vidas a El. Demasiado a menudo somos seres tambaleantes que necesitamos llenar de palabras y razones nuestra fe. Pero es la confianza última del hombre que busca a Dios la que nos da la garantía, la certeza de que, en último término no podemos quedar defraudados. Aunque todo parezca ir sin rumbo, sin norte. Aunque los malos augurios aparezcan. Es la confianza en el Señor lo que nos puede llevar a acogerlo de verdad, a recibirlo, a ser receptores de la luz que viene al mundo. “La Palabra que se hace carne y habita entre nosotros.”

Admiración, perplejidad, entusiasmo y confianza.

María creo que concentra esas actitudes cuando se deja invadir por el Espíritu del Señor.

A primera vista parecen actitudes pasivas. Feminizadas en sentido peyorativo. Yo veo que están llenas de actividad.- Hay mucho movimiento interior. Es una docilidad fuerte mas no arriesgada, pues Dios la invitó a no temer:”Has encontrado gracia delante de Dios”.

A María se le ensanchó el alma. Se sintió seguramente liberada, confiada. Pidámosle al Señor poder acudir a su encuentro en nuestra búsqueda constante, desde la confianza. Acogerlo, libres de ataduras, conscientes y contentos de y pro nuestros límites. Pues El es quien siempre toma la iniciativa.

Dice Jeremías en el cap.29,11-15:

“Qué bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros, pensamientos de paz y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza. Me invocaréis y vendréis a rogarme, y yo os escucharé; me buscaréis y me encontraréis cuando me deseéis de todo corazón; me dejaré encontrar por vosotros.”

“Mi corazón y mi carne se entusiasman en busca del Dios vivo” (Sal.84)

La aspiración de totalidad se da en el misterio de la Encarnación. Dios muestra el hombre al hombre. Nos da al Hijo. Nos sentimos hijos. Hijos y hombres. Es la plenitud que anticipa eternidad. En la Eucaristía se inicia el camino de la eternidad con Dios a la que estamos llamados.
“El Eterno entra en el tiempo, el todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre” (Fides et ratio, nº 11)

Este abajamiento, esta terrenalidad, esta temporalidad de Dios, es la posibilidad única del encuentro auténtico del hombre que lo busca. Y una vez descubierto, atisbado el misterio, con el tiempo y los silencios…nos sentiremos llamados y le llamaremos…”Pero ahora te llamo porque me siento fuerte para tu amor terrible y tu luz deslumbrante” (Gabriel Celaya)

Sí, aunque parezca un contrasentido, se necesita fortaleza para llamarlo. Para desearlo, para no dejar que pase de largo…Y lo inaccesible se hace terreno. Podemos entonces vivir la relación. También desde nuestro propio abajamiento. Desde el sentirnos agraciados, como María. Escogidos. Llamados. Buscados por el Dios que acoge nuestro tiempo y nuestra historia, que asume nuestros límites y toma nuestra debilidad. Y ahí, en ese dejarnos tomar por el que toma nuestra condición humana, nuestra vida halla su dignidad . Nada es indiferente. Nuestra vida adquiere valor. Y no nos sentimos llamados a ser héroes sino hijos. NI a grandes proyectos, sino a una vida en proyecto. Con esperanza. Situada. Concebida por el Dios del amor y la vida. Que se ha apasionado por nosotros dándonos a su Hijo, Cristo.

Y nuestra vida adquiere peso, consistencia, seriedad. Y en nuestro silencio interior no aparece el vacío, sino la promesa. Pues es nuestra vida la que Dios quiere para sí. Para cumplir lo que tenía previsto desde la eternidad. El destino de salvación de cada hombre.

Si el pensamiento deliberadamente débil es la renuncia a toda fundamentación (Trias) , la debilidad de la carne asumida por Dios es la aceptación del fundamento de nuestra vida. Es el sentido total y último, sin resquicios. Por eso decimos que “Jesús nace para dárnoslo todo, darse todo y a todos.” Y de esa manera entendemos mejor el saludo del ángel a María: “Alégrate”.

Y la alegría de María, se convierte en rasgo distintivo y primero de todo cristiano. Alegría alejada de la dimisión (entendida ésta como huída desesperada ante la falta de sentido). Es la alegría que asume las dificultades pero se apoya en una promesa de Dios que es para siempre. Y entonces el “ yugo se convierte en llevadero y la carga ligera” (Mt. 11).

Surge la paradoja de que Dios da peso a nuestra vida y, al mismo tiempo, en cierta forma la aligera. Concede dimensión de absolutez a nuestra limitación y relativiza muchos asuntos que nos inquietan. Da seriedad, gravedad, a nuestra vida y la colma de alegría.

Con la lógica del mundo-que tantas veces dirige nuestros pensamientos y nuestros actos-, Dios es tan paradójico que no cubre nuestras expectativas de hombres de mundo. Por eso “el mundo no lo recibió.” (Jn.1)

San Pablo entendió este misterio cuando proclamaba que su fuerza radicaba en su debilidad. Sus humanas pretensiones quedaban arrumbadas ante el conocimiento profundo del misterio. Ante la Cruz. Pero también ante el pesebre. No olvidemos que Dios se hizo hombre en tal lugar. Niño, cuando ser niño no era un privilegio. Casi desapercibido. Quizás en esa paradoja, está invitándonos a dar un testimonio de cierta invisibilidad. Como la sal.

Instalarnos de verdad en la paradoja no nos vendría mal. Cuando tantas voces en nuestra misma Iglesia, nos invitan a la gran marcha de lo visible, a lo mejor resulta que no es el camino.”Pecadores como los demás, hemos de vivir con los demás” (Mounier).

Estamos llamados a vivir en plenitud de hijos. Ello nos hace seres necesariamente confiados, sin miedos a perder nada porque en Cristo lo tenemos todo. Si de verdad lo creemos, si lo vivimos, seguro que seremos fuerza transformadora, desde dentro hacia fuera, desde Dios hasta los hombres, y desde el silencio hacia las palabras.

El Silencio de Dios se ha hecho Palabra de vida. Y esa Palabra sigue resonando en los corazones, en los latidos de los que vibran con la Palabra que se deja oir como un rumor.

Y, en definitiva, ahora nos acercamos a estos días, a celebrar, a vivir, a actualizar el acercamiento radical de Dios a los hombres, de “Dios con nosotros”, el eterno en el tiempo, lo que no cabe en lo que cabe. Cristo, camino, verdad y vida, viene a nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida, precisamente para vencerlas, para apropiarse de ellas, para despojarnos y desinstalarnos de nuestros angostos caminos por los que nos limitamos meramente a transitar, nuestras medias verdades que ocultan tantos intereses, nuestros limitados proyectos de vida que esconden cobardías.

Acercarnos a la contemplación del misterio, ciertamente nos libera, y nos recuerda una vez más que la tarea del Hijo hacia la casa del Padre se renueva cada vez que recordamos que el Padre nos ha enviado al Hijo para que creamos y tengamos vida. En proceso ascendente desde nuestra realidad temporal y cotidiana, allí donde cada uno de nosotros está necesariamente impulsado a ser testigo, a dar sabor a alumbrar vida y esperanza. A dar a conocer a los hombres que el debilitamiento de Dios es obra de misericordia, de ternura para sus hijos, y es lo que paradójicamente da seguridad, fortaleza.