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Releer el Concilio Vaticano II. Juan José Garrido. (Publicado en 'Paraula', Valencia, Domingo, 27 de octubre de 2002 ) Es cierto que se han levantado voces en la Iglesia que, ante el nuevo orden mundial, la nueva situación cultural, el clima de desorientación en el que, al parecer, nos encontramos, han pedido la convocatoria de un nuevo concilio. Algunos problemas eclesiales, a los que no se les puede dar una solución simple, están también en la base de esta petición. Quizás esas voces tengan, cosa por lo demás muy probable, mejores antenas que yo a la hora de enjuiciar la situación en que vivimos y el momento eclesial en que nos encontramos. Ignoro si el devenir de la historia y el de la Iglesia harán necesario un nuevo concilio, pero hoy por hoy, pienso que no hace falta. El Concilio Vaticano II esta ahí, como una realidad viva. Es tremendamente rico en posibilidades doctrinales, en sugerencias pastorales y en orientaciones evangelizadoras. Lo que necesitamos es asimilarlo mejor, asumirlo en su totalidad y hacer operativas sus sugerencias y orientaciones. La riqueza del Vaticano II Hay en el Concilio una riqueza de posibilidades doctrinales sobre las que aún no esta todo dicho y sobre las que podemos seguir reflexionando y ahondando, para plasmarlo luego en la vida de la Iglesia: pienso en la Constitución "Lumen Gentium" y su acento puesto en la Iglesia como Misterio, Sacramento y Pueblo de Dios; en la eclesiología de comunión, donde aún queda un largo camino que recorrer tanto en el ámbito doctrinal, como en el de su aplicación concreta; pienso en la "Gaudium et Spes" sobre la Iglesia en el mundo actual y su manera nueva de ver el mundo y de situarse en él; pienso en la teología del laicado..., y podría enumerar muchas mas cosas. Son riquezas doctrinales que aún esperan un desarrollo mas completo y, sobre todo, una meditación mas concienzuda en orden a su significación eclesial. Y tenemos también en el Concilio una gran riqueza en sugerencias pastorales y en orientaciones evangelizadoras. La nueva evangelización arranca del Concilio. El Magisterio posterior de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II ha ido sacando las consecuencias y actualizando lo que el Concilio nos dice sobre cuál debe ser la actitud evangelizadora de la Iglesia; cuál el contenido de la evangelización y su meta; por qué caminos no debemos transitar, etc. El Concilio suscitó mucha esperanza. Fue recibido con una inmensa ilusión. Suponía la firme voluntad de la Iglesia de afirmar su identidad como Iglesia y al mismo tempo de abrirse al mundo para conocerlo mejor y aportarle la verdad del Evangelio, la salvación de Cristo. En uno de los muchos comentarios que se hicieron en su momento podemos leer lo siguiente: "No cabe duda de que el fenómeno del Concilio ha sido un acontecimiento original de la vida de la Iglesia. Evidentemente, cada Concilio aporta a la vida de la Iglesia su propia originalidad, que es lo mismo que decir su propia individualidad. Pero este Concilio Vaticano II es, en el sentido mas estricto y especifico de la palabra, un fenómeno nuevo y original de la vida de la Iglesia, capaz de abrir una página específicamente inédita de su historia. Y es que en la nueva psicología católica del aggiornamento del Concilio, la Iglesia ha tomado conciencia de no ser "la realidad", y quiere ser conscientemente el sacramento de la realidad del mundo. Así, no opuestos ni confundidos la Iglesia y el mundo, sino abrazados como el agua acaricia la carne en el Bautismo, el Concilio, como conciencia de fe de la Iglesia, la hace aparecer en una perspectiva nueva capaz de superar los ciegos impases de la Iglesia ante el mundo y las viejas antipatías por la Iglesia, de un mundo legítimamente orgulloso de haber conquistado, desde hace cuatro siglos, su autonomía y su mayoría de edad en la historia". (Comentario de "Cuadernos para el Diálogo" al Esquema XIII. Madrid, 1966, pág. 12). Un concilio poco conocido Han pasado cuarenta años de su apertura, y mas de treinta de su clausura. Para muchos cristianos el concilio es hoy "historia lejana". Los fieles lo conocen poco y mal, y lo mismo podríamos decir de multitud de jóvenes sacerdotes; muchos de ellos sólo conocen del Concilio los fragmentos del mismo que se insertan en los manuales y libros de Teología, pero no han hecho una lectura complete y meditada. Nada extraño que muchas de sus sugerencias y orientaciones no encuentren un espacio de realización. Hay que Ilamar la atención de todos ante la constatación de un hecho grave: en la Iglesia se esta perdiendo la memoria fecunda y Ilena de esperanza del Concilio. El problema actual no es si el Concilio se interpreta así o asa; el problema es que no se interpreta de ninguna manera porque no se conoce ni en la letra ni en el espíritu. Y sin embargo, a pesar de nosotros, el Concilio ha abierto un camino en la Iglesia que no tolera marcha atrás. Ha supuesto el final de una penosa historia entre la Iglesia y el mundo; entre la fe y la cultura de los hombres. La Iglesia quiso renovarse, se pensó a sí misma como realidad siempre en camino de renovación; adquirió conciencia mas nítida de su naturaleza y misión, y ello le llevó a una actitud de leal apertura al mundo y reconocimiento de sus valores. La “Gaudium et Spes”, marca un antes y un después Esta constitución, leída hoy, a mas de treinta anos de su promulgación, sigue sorprendiendo positivamente por su profunda inspiración cristiana, por su fidelidad a la Tradición, por su talante abierto y dialogante, por el esfuerzo por comprender el mundo actual con sus luces y sombras, sus esperanzas y temores, y por la lucidez con que entiende la misión de la Iglesia en él. Acercamiento a la realidad Es cierto que la descripción que hace la constitución de los distintos aspectos y problemas del mundo al que quiere proponer de nuevo la Buena Noticia, han variado a lo largo de las últimas décadas: se han producido cambios profundos en el campo de la cultura y valores, en el orden económico-político, en el campo de la ciencia y las comunicaciones, lo que exige un nuevo examen de las cosas. Pero el concilio ha diseñado una actitud que permite a la Iglesia llevar a cabo su misión; ha establecido unos principios inspiradores que nos capacitan para captar los signos de los tiempos; y ha propugnado un método o camino de acercamiento a la realidad; el dialogo, que respetando la justa autonomía de lo humano, hace posible que la Salvación de Dios pueda ser acogida por la inteligencia y la libertad de los hombres. La Iglesia, en la "Gaudium et Spes", manifiesta su solidaridad con el género humano y con su historia; y afirma que esa solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana no puede menos que llevarle "a dialogar con ella acerca de todos sus problemas, para de esta manera poner a disposición del género humano, conducida por el Espíritu Santo; el poder salvador que ha recibido de Cristo, y la luz del Evangelio para discernir, aclarar, orientar e iluminar" (n° 3). Leamos de nuevo la Constitución "Gaudium et Spes". Meditemos su doctrina. En el curso 1999-2001 hice la experiencia de estudiarla con un grupo de seminaristas; en el 2001-2002 lo repetí con un nutrido grupo de laicos. El resultado ha sido realmente sorprendente. Un descubrimiento inesperado. Todos salimos renovados, con aire fresco en los pulmones de la fe, con esperanza en el futuro y confianza en el Espíritu. |