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Seminario de graduados: “OTRO MUNDO ES POSIBLE”. 4ª sesión : LIBERTAD Y SEGURIDAD. Ángel Peris
1.
Planteamiento del problema. Parece que en los últimos tiempos uno de los temas que más preocupa en el mundo es la seguridad. Podríamos decir que estamos en una época de obsesión por la seguridad, pero no se trata de una obsesión nacida únicamente a partir de los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001. Es algo que de una u otra forma viene haciéndose presente en los últimos años.
La Seguridad ha sido el lema de estas
elecciones. La campaña comenzaba con la promesa de miles de nuevos policías para
frenar la delincuencia y la inseguridad, que desde el principio unía sutilmente
inmigración e inseguridad y termina con una nueva ley de
inmigración. La obsesión por la seguridad lleva a la multiplicación de empresas
de seguridad, de manera que la calle está bajo vigilancia. La clase media se
siente amenazada y con ello crece la sensación de que el otro es un peligro
potencial en la medida en que no pertenezca la misma clase social o la misma
raza. Sin duda esto conduce a un mayor aislamiento y desintegración social. Pero el aconte-cimiento que ha hecho estallar la obsesión y sus consecuencias ha sido el atentado del 11-S. A partir de este momento la obsesión ha sido la seguridad frente al terrorismo. Una lacra ¿Qué duda cabe? Como reacción Washington ha practicado un populismo político que se ha contagiado por los países de la Unión Europea. El imperativo de Bush “Safety first” lo primero es la seguridad, no hay libertad sin seguridad, ha contaminado la demanda social de más seguridad de la mano de la conveniencia y el oportunismo político. Y es que resulta curioso que en la lucha internacional contra el terrorismo se hayan acabado identificando todos los terrorismos: Al Quaeda, ETA, las FARC, el terrorismo Palestino y el Checheno, una simplificación interesada que no atiende a criterios, como si fueran lo mismo y como si frente a ellos ninguna acción sea excesiva; frente al mal todo está justificado. Nadie esconde que detrás de estas intervenciones cada uno de los países protagonistas tengan sus propios intereses, más o menos explícitos, que van más allá de la lucha contra el terrorismo internacional. Pero ya se sabe que quien tiene justificación para la intervención puede también sacar provecho de ésta aunque sólo sea para compensar el ingente esfuerzo realizado para liberar al mundo de sus males. El argumento utilizado es que no hay moral pura, no hay bien puro, así que como expresaría un autor al describir el sentir moral de nuestra época “mejor acciones “interesadas” pero capaces de mejorar la suerte de los hombres que buenas voluntades incompetentes”1 No es extraño en este contexto encontrar utilizadas importantes resonancias religiosas. Un fenómeno normal en nuestros tiempos, al que ya estamos acostumbrados. Ya se sabe que la decadencia de los sistemas religiosos formales en occidente dejó un inmenso vacío que siempre encuentra alguien dispuesto a rellenar con lo que podríamos llamar metarrelatos pseudoreligiosos, con muchos de sus elementos característicos: el eje del mal, el demonio, la imagen siempre viva del miedo infantil que provoca lo oscuro, lo oculto y acechante; un conjunto particular de imágenes emblemáticas, banderas muy grandes, metáforas, escenarios dramáticos, mártires de la causa, rituales y símbolos purificadores (llamas eternas). Todo parece preparar el camino para un nuevo “mesías secular” que venga a liberar al mundo. El problema viene cuando la obsesión por la seguridad nos lleva a un retroceso en las libertades y los derechos fundamentales que se pretendían proteger. Combatir la inseguridad obliga por ejemplo, a endurecer las medidas contra la inmigración ilegal, a aceptar registros y cuestionarios indecentes para acceder a EEUU a estudiar con una beca; campamentos de presos sin derechos; detenciones de peligrosos terroristas liberados sin cargos; O como proponía España en el seno de la Unión Europea, a crear un registro de personas y organizaciones susceptibles de cometer actos terroristas “antes de la acción”; una iniciativa que está en la línea del ataque preventivo de Bush. Alusiones a peligros fantasmas, nuevos nacionalismos defensivos, manipulación de los sentimientos en manifestaciones multitudinarias de dolor, presiones a periodistas críticos con la postura oficial en EEUU en un intento evidente de controlar la opinión pública crítica, marginación en los contratos de actores, anunciadas represalias por la actitud de algunos países… parecen un camino demasiado cercano al totalitarismo. Se diría que estamos en un estado de excepción en el que toda manifestación de discrepancia puede ser considerada como una amenaza a la seguridad colectiva. A este panorama hay que unir unas relaciones internacionales dominadas de forma hegemónica por la única potencia real, que no está dispuesta a aceptar ningún tipo de control de la ONU o de Tribunales Internacionales, posturas aceptadas con silencio y tibieza cuando no con pasividad. La idea que voy a intentar defender aquí es que de algún modo no deberíamos perder de vista que esta obsesión por la seguridad es sólo uno de los síntomas de nuestros tiempos neo-individualistas que guarda relación con una exaltación de una forma de liberalismo político o mejor con una determinada forma de entender la libertad. Se trataría de la otra cara de la moneda de las sociedades posmoralistas de nuestros tiempos. Sociedades en las que se repudia la idea del deber moral, de la austeridad y del sacrificio o el compromiso (ilustrada y kantiana) pero que no lo hacen en nombre de la laxitud y la permisividad moral, sino que hacen compatible ese posmoralismo del sin deber, con un nuevo fundamentalismo de la autoafirmación. Se trata por ejemplo del absolutismo de la salud, extremismo higienista, estético y dietético donde importa el disfrute de la imagen de uno mismo. Un nuevo dogmatismo ético y jurídico del autointerés y la felicidad que hace más importante la autoestima elevada que la disciplina (no exija tanto al niño no le cause una frustración), que se preocupa de legislar casi sobre cualquier cosa que pueda molestar quizá para paliar la falta de autolegislación moral. (prohibido fumar en lugares públicos, ascensores…) el lema tal como se ha expresado sería “Libertades privadas, orden público”. Y que en definitiva erige en principio supremo la afirmación de la individualidad, el derecho a la afirmación de las diferencias (“es que yo soy diferente” y como consecuencia reclamo el derecho a tener un trato especial, soy diferente y las normas que afectan a los demás a mí no me afectan). Se trata del derecho a la libertad entendida como la independencia pura y simple del individuo respecto de cualquier forma de normatividad que se le imponga y limite su despliegue espontáneo. Esta forma de individualismo supone una sociedad igualitaria (no debe entenderse desde el punto de vista económico), puesto que si el individuo en cuanto tal es el valor supremo, no puede ser sometido a ningún otro valor, más que a sí mismo, por lo que cualquier otro criterio o principio de jerarquía se halla excluido. Se entiende entonces libertad como independencia frente a los demás miembros de la sociedad: “soy autosuficiente y no debo nada a nadie”; independencia frente a la tradición, o a cualquier criterio normativo: “no reconozco ninguna fuente de valores más allá de mi mismo”; independencia frente a las consecuencias de mis acciones: “detrás de mi el diluvio”. Para éste tipo de individuo nacido de la autoafirmación y la desconfianza, para el que afirmarse es diferenciarse y negar al otro, distanciarse de “todo lo otro que no soy yo y está frente a mí”, para este tipo de individuo, digo, es para el que la seguridad es un valor absoluto. La pregunta que nos queremos hacer es si es posible otra manera de entender la libertad y qué consecuencias tendría en el orden político. Y la respuesta de un buen número de autores es que sí. Que si bien el individualismo sería una de las consecuencias del modelo de racionalidad y de la idea de libertad que tuvieron su origen en la Modernidad, ésta sólo sería una de las formas posibles de entender la libertad. Y que junto con ésta surgió otra tradición unida a la idea de libertad como autonomía que no significa lo mismo que libertad como independencia. Asumir la idea de autonomía significa que las normas no son válidas sólo porque nosotros las autoimponemos, sino porque son la respuesta a una circunstancia, y porque es la respuesta que ha ido fraguándose a lo largo de la maduración de la sociedad en la historia. Significa que autonomía no es libertad sin norma porque lo contrario de auto-nomía no es el vacío de norma, sino la heteronomía es decir, la norma que tiene su origen fuera de mi consentimiento racional: sea por imposición externa, sea por inposibilidad o incompetencia personal o por dejación de la responsabilidad. Y significa por último, asumir que el individuo no busca la independencia frente a los demás, sino que encuentra en el otro un rostro al que sentirse ligado, ob-ligado, re-ligado y responsable, alguien que le ha sido encomendado y de quien debe responder porque no todos son autosuficientes. 2. Distintos significados del concepto libertad en la historia del pensamiento político. Los filósofos políticos han diferenciado tradicionalmente dos significados del concepto libertad. Así B. Constant diferenciaba “libertad de los antiguos frente a la libertad de los modernos” o como lo expresó I. Berlin y hoy se considera una distinción clásica “la liberta “positiva” frente a la libertad “negativa”. La libertad de los modernos es una libertad negativa o de independencia. “Es el derecho de cada hombre a no estar sometido más que a las leyes, a no poder ser arrestado, ni detenido, ni muerto ni maltratado de manera alguna a causa de la voluntad arbitraria de uno o de varios individuos. Es el derecho de cada uno a expresar su opinión, escoger su trabajo y ejercerlo, a disponer de su propiedad, y abusar incluso de ella; y a ir y venir sin pedir permiso y sin rendir cuentas de sus motivos o de sus pasos. Es el derecho de cada uno a reunirse con otras personas…” Se trata en definitiva de que ningún hombre o grupo de hombres interfieran en mi vida privada, pero a la vez de esta manera, no se es soberano más que en apariencia, de modo restringido a través de representantes. El individuo moderno, preocupado por sus negocios y dedicado a sus placeres privados no quiere ser distraído de todo esto más que lo imprescindible. Y al tiempo no quiere que se intervenga en sus asuntos puesto que el liberalismo surgió con la conciencia de desconfianza frente al poder. Se trataba de buscar la protección frente al poder arbitrario del gobernante. Frente a ésta se encontraría la libertad de los antiguos, o libertad positiva. Es la pretensión de alcanzar la libertad siendo el individuo su propio amo. La libertad de los antiguos consistía en ejercer de manera directa y colectiva la soberanía a través de la participación en los asuntos públicos. Se trata de dirigirme a mí mismo y no ser dirigido por otro como si yo fuera incapaz de fijar mis propias conductas. Sin embargo, continúa explicando Constant, los antiguos admitían como compatible con esta soberanía colectiva la completa sumisión de los individuos a la autoridad del conjunto. Todas las actividades privadas estaban sometidas a una severa vigilancia y nada se dejaba a la independencia individual. Todo estaba sujeto a ley. Entre los antiguos, el individuo era soberano en los asuntos públicos pero era esclavo en las cuestiones privadas “El objetivo de los antiguos era el reparto del poder social entre todos los ciudadanos; a eso era lo que llamaban libertad. El objetivo de los modernos es la seguridad en el disfrutes privados, y llaman libertad a las garantías concedidas por las instituciones a esos disfrutes.” Por su parte, I. Berlin3
profundiza sobre estos dos sentidos de libertad en un contexto político
completamente distinto: 1958, en plena guerra fría. Su análisis ha sido
determinante para el pensamiento político occidental no sólo por recoger esta
misma distinción, sino porque tomaba partido rotundamente por la libertad de los
modernos y ponía sobre la mesa los peligros de la libertad positiva,
materializados en la historia inmediata (bloque soviético). De este modo se
abría un debate en el que hoy están surgiendo nuevas respuestas. Para Berlin la libertad
negativa consiste en que ningún hombre interfiera en mi actividad. Cuanto mayor
sea el espacio de no interferencia
mayor será mi libertad. Este es el significado de libertad de los liberales
clásicos a partir del siglo XVII. Las
leyes siempre encadenan, pero como los intereses de los hombres pueden
entrar en colisión con facilidad, era preferible recortar la libertad
sometiéndose a ley con el fin de garantizar ciertas cotas infranqueables de esta
misma libertad. Un cierto ámbito de libertad personal que no debía ser violado
bajo ningún concepto, describiéndose así una frontera entre el ámbito de la vida
privada y la pública. Por su parte, la libertad
positiva significa algo más que ser simplemente dejado en paz, sin
interferencias, significa que los individuos tomen parte activa en las propias
decisiones, ser instrumento de los propios actos voluntarios y no de los de
otros hombres. Quiero actuar y decidir y que no decidan por mi. Esta forma de libertad es
duramente criticada porque a su entender detrás de ella se esconde muchas veces
la más brutal tiranía. Detrás de la idea de libertad entendida como que cada uno
sea su propio amo, se puede esconder con facilidad una dualidad entre un hombre
externo y un pretendido verdadero hombre. Se puede llegar a entender, por ejemplo, que cada uno es su
propio amo cuando no se deja llevar esclavo de su naturaleza, ni por las
pasiones, ni por la ignorancia,…lo que legitimaría a que alguien terminara
haciéndose intérprete de la verdadera voluntad, de lo que realmente querrían los
hombres si fueran lo suficientemente cultos y racionales, aunque ahora no se den
cuenta de ello movidos por la ignorancia o la corrupción. Dicho de otra manera
seríamos libres si el gobernante hace cumplir la Voluntad General que los ciudadanos racionales desearían, aunque no
son conscientes de ello. La obsesión por que se realice lo racionalmente
correcto, como si lo correcto se pudiera conocer del mismo modo a como se conoce
un teorema matemático, conduciría a que no se puede querer que las cosas sean de
modo distinto a como la necesidad racional impone y debe ser y seguir siendo
racional. La conclusión de Berlin es que esta forma de entender la “emancipación
por la razón” es el origen de muchas formas de nacionalismo, comunismo y
autoritarismos de nuestros días. La crítica era similar a la
que formulaban de forma más sencilla los clásicos del liberalismo como
Tocqueville o S. Mill. Liberalismo y democracia no deben confundirse porque son
la respuesta a dos preguntas distintas. El liberalismo es la respuesta a cuáles
son los límites del poder del gobierno, mientras que la democracia es la
respuesta a la pregunta de quién debe gobernar.
Para ellos, defensores del liberalismo democrático, poner el ideal democrático por encima del
ideal de libertad puede llevar a la
tiranía de la mayoría que aplaste la individualidad. La democracia directa o
asamblearia puede ser peligrosa para la libertad individual. Por otra parte
cuantas menos funciones se encarguen al poder político más libertad. La
ampliación de la maquinaria del estado sólo puede conducir a hacerlo más
peligroso. La importancia del análisis
de I. Berlin que coincide con otros anteriores, consiste en que durante mucho se
ha pensado que no era posible otra manera de pensar la libertad.
3.
El comunitarismo. Sin embargo con
el tiempo las críticas al liberalismo político y al individualismo que le
acompaña también ha hecho pensar en alternativas. En los años ochenta del siglo
XX surgía el comunitarismo, como una reacción frente al imperialismo liberal. El
comunitarismo entiende que aunque el liberalismo se presenta como una ideología
tolerante, lo cierto es que va conquistando todas las parcelas de la vida social
y desplazando cualquier otra forma de propuesta política o económica como si
fuera irracional. El iniciador y punto de referencia de este movimiento fue A.
MacIntyre con la publicación de Tras la
virtud en 1984. MacIntyre critica la
modernidad y su individualismo liberal porque disgrega a los individuos y les
hace incapaces de sentirse identificados con la colectividad. Los individuos se
sienten cada vez más descontentos y menos identificados con el sistema político,
pierden toda motivación en participar, cansados de los juegos políticos de
intereses y propaganda, reducida a un intercambio de promesas por votos. Cada
uno va a la suya. Como consecuencia el escepticismo político sería el resultado
del individualismo moral y del fracaso del proyecto ilustrado. La clave del
problema consiste para los comunitaristas en que el liberalismo y el pluralismo
se basaban en la secularización, se trataba de pensar una sociedad en la que
todos pueden caber (tolerancia) porque no se identifica con las creencias de
ninguno. El estado es laico y la religión es cosa de la vida privada. Se
pretende sustituir la fundamentación religiosa por una fundamentación racional
produciéndose en última instancia un vacío porque la razón no puede decidir
sobre fines. El ideal ilustrado sólo produce ideales abstractos que no se
refieren a ningún escenario concreto y en consecuencia no convencen ni mueven a
actuar. El modelo liberal se basaba
en que los individuos, libres e independientes, establecen un contrato para constituir la sociedad
política. Pero el mismo concepto de
contrato que está a la base de este modelo liberal supone reconocer que el
motor de la vida política es el autointerés, la razón calculadora, que aconseja
sellar con los demás un pacto de no agresión por el que cada uno renuncia a su
avidez natural, movidos en último término en la desconfianza y el temor mutuo.
Pero lo propio del contrato es precisamente, firmarlo con aquellos de quien puedo recibir algo a cambio y no con aquellos que
tienen poco o nada que ofrecerme. Al fin y al cabo quien firma un contrato se
desliga de él en cuanto deja de interesarle y es posible hacerlo. Es lo que se
ha venido en llamar el fenómeno de los
gorrones: individuos rapaces de toda suerte de bienes que cuando ponen en
funcionamiento su razón calculadora se percatan de que les interesa no es
cumplir el contrato, sino entrar en el contrato y simular que lo cumplen, porque
lo verdaderamente rentable es que los demás cumplan las leyes y él no. En cuanto nos damos cuenta de
que el fundamento de la vida política son el individualismo, la razón
calculadora, el contrato autointeresado, la mercantilización de la vida, el
conflicto y la coacción, no es difícil preguntarse si es que no es posible
establecer vínculos entre los hombres sobre otras bases. Por eso es preciso volver a
la moral de las virtudes aristotélicas y sobre todo a entender, como hizo
Aristóteles que la justicia por sí sola es insuficiente. La justicia necesita el
complemento de la amistad. La virtud de la amistad consiste en la identificación
con una idea común del bien, la identificación con la colectividad. La amistad
surge del proyecto común que todos los ciudadanos comparten de crear y sostener
la vida de la ciudad. Esta noción de comunidad
política como proyecto común es ajena al moderno mundo liberal individualista,
que se parece más a un grupo de ciudadanos de ninguna parte que se han asociado
para su común protección buscando sólo su propio interés. La respuesta del
comunitarismo a las sociedades actuales es volver a la virtud, pero no proponer
virtudes universales, sino virtudes que surgen en una comunidad específica y en
las que el sujeto se encuentra enraizado y encuentra su sentido. De esta manera,
se superaría el concepto de hombre independiente, propio del liberalismo, para
encontrar un hombre que toma sentido como miembro de una comunidad (ya sea la
familia, el reducido grupo social o la más amplia comunidad política…) que asume
los valores encarnados en la comunidad y que se siente ligado y responsable de
ella. La alternativa del
comunitarismo al Contrato se encuentra en la Alianza4. La
alianza se basa en el reconocimiento mutuo, y ya no es el autointerés la que lo
funda, sino la compasión, entendida no como una relación asimétrica
con uno inferior, relación que termina siendo humillante, sino entendida como el
“padecer-con”, pasión compartida, sufrimiento pero también ilusión y esperanza
compartidas. De este modo quien reconoce al otro como parte suya no rompe el
pacto en momentos difíciles, sino que es precisamente en esos momentos cuando lo
defiende con mayor fuerza. El contrato se mantiene por fuerza externa, mientras
la alianza por una fuerza interna personalmente asumida de identidad, lealtad,
obligación y reciprocidad. Si pensemos por ejemplo en
una relación de amistad o de familia, no tienen sentido conceptos como derechos,
deberes, negociación, pactos o grupos de interés, sino que del reconocimiento mutuo surgen personas
capaces de trabajar “sin llevar cuenta del bien que hacen”. Fomentar este tipo
de vínculo entre las personas significa reivindicar una forma alternativa que no
se rige por la racionalidad estratégica o instrumental, que no toma a los demás
hombres como medios para los propios fines. De esta manera el
comunitarismo ha llamado la atención sobre la necesidad de potenciar la sociedad
civil como instrumento de identidad colectiva y como forma de justificar la
responsabilidad colectiva. La comunidad es indispensable
para el desarrollo de la persona, se aprende a valorar y decidir en comunidad y
éstas no pueden basarse en el contrato, sino en la confianza. El sujeto se
encuentra inserto en un conjunto de prácticas sociales de las que surge una
sensibilidad valorativa, unos prejuicios y costumbres que cohesionan e integran
socialmente. Frente a la cultura liberal de la separación, en la que se renuncia
explícitamente a una fundamentación religiosa y en la que se produce, por tanto,
un vacío de legitimidad del orden y la obligación política, el comunitarismo
propone resucitar los vínculos sociales los “hábitos del corazón”, como una
especie de punto de referencia. Los comunitarista quieren
superar la “neutralidad liberal”, creen que frente a la política de la
neutralidad del estado y de la no intervención hay que defender una política del
bien común. La comunidad no sólo no debe ahogar al individuo sino que es
condición de posibilidad de su autonomía. Pero a su vez la realización de la
autonomía en comunidad exige el individuo se responsabilice de su comunidad, que
le preste lealtad y sea, en este sentido un “patriota”. Sin embargo aunque el
análisis es sumamente sugerente no es fácil imaginar cómo trasladar la realidad
del sistema político contemporáneo a ese nuevo lenguaje comunitarista. Esta
postura ha tenido sus seguidores entre los defensores del nacionalismo político
que han encontrado que la lealtad nacional, puede ser la motivación necesaria
para justificar la obligación de los
ciudadanos hacia el estado y hacia sus compatriotas. Sin embargo, la comunidad
en último extremo se basa en el reconocimiento mutuo de los ciudadanos, pero no
reconoce a todos los hombres ciudadanos. No parece deseable volver a las
identidades colectivas nacionales, si se pretende con ello sustituir a los
criterios de justicia universalizables. El estado comunitarista cerrado o
restrictivo termina siendo un peligro para libertad. Otra cosa sería asumir el
espacio social del comunitarismo asumiendo un papel subsidiario convirtiéndose
en la justificación de la sociedad civil como una esfera no relacionada con el
estado. El discurso de la justicia y el de la compasión unidos pero no
relacionados en las estructuras del estado. Un espacio social no coercitivo en
el que tendría sentido que se desarrollaran otras formas de racionalidad no
interesada, no competitiva, no calculadora. Habría que recordar con
Aritóteles que la justicia por sí sola no es suficiente que requiere de la
amistad, que cuando son amigos no es necesaria la justicia, pero a la vez, que
las personas justas son más capaces de amistad. Por tanto amistad y justicia
serían voces complementarias pero no sustituibles en el estado moderno. Al fin y
al cabo los economistas saben que los contratos sólo son posibles cuando existe
un ambiente de confianza.
4.
El republicanismo. Aunque la
clasificación de las teorías políticas no es sencilla para esta ocasión
podríamos asumir la que proponen los nuevos republicanos, de manera que entre
liberalismo y comunitarismo se encontraría el republicanismo. Aunque
en muchas ocasiones se ha identificado la tradición republicana y la
comunitarista este nuevo republicanismo reclama una separación con respecto a
éste y declara sentirse más cerca de la tradición liberal. La propuesta del
republicanismo de Philip. Pettit5 parte de
la misma clasificación entre libertad de los antiguos y libertad de los modernos
y entiende que entre ambas se encontraría una tradición antigua pero olvidada
que ahora se trataría de sacar a la
luz. Si la libertad
de los modernos es libertad de no intromisión y tiende a rechazar toda norma y
toda intervención en la vida privada. El ideal republicano es distinto, va más
allá y entiende la libertad como no
dominación. Dominación es la
situación en la que se encuentra la mujer a la que su marido puede pegarle a su
arbitrio; el empleado que no osa levantar queja contra su patrono porque se sabe
vulnerable, el deudor que tiene que depender de la gracia del prestamista para
escapar del desamparo, quienes se sienten vulnerables a la arbitrariedad de un
funcionario corrompido para conseguir una contrata. Vivir bajo el dominio de
otra persona es vivir en la incertidumbre respecto de las agresiones de otros,
sintiéndose en situación de inferioridad en una consciente asimetría “incapaces
de mirar al otro de frente”, forzados a tragar, a la adulación, a tener que
congraciarse. La diferencia
entre el ideal de no-intromisión del liberalismo y el de no-dominación del
republicanismo consiste en que la no intromisión puede consistir en eludir la
coerción por casualidad, porque el sujeto cae bien a los poderosos, o porque
practican un paternalismo agradable, pero la no dominación significa que la
sociedad política dota al individuo de los instrumentos reales necesarios para
no temer ninguna interferencia
arbitraria porque nadie tiene ese poder sobre los individuos. No ser libre no
consiste en no estar restringido, como suponía el liberalismo; al contrario, la
restricción de un sistema jurídico equitativo no nos priva de libertad, sino que
crea la libertad. Carecer de libertad consiste, en cambio para esta concepción,
en estar sujetos a un tira y afloja arbitrario potencialmente caprichoso. La idea del
republicanismo parte de la admiración por los principios que inspiraban la
República romana. La idea de vida como
libertad, entendida como sometimiento voluntario a unas normas del estado de
las que el sujeto se siente
partícipe, aunque quizá no haya contribuido personalmente en su
realización mediante la participación directa. Supone además el imperio y sometimiento a la ley, pero
entendiendo que si ese sometimiento es
autoimpuesto no quita libertad, o dicho en otros términos, toda
interferencia legal por parte del estado no tiene que suponer pérdida de la
libertad si ésta están controladas por la
opinión pública. Y un ideal de
ciudadanía, civitas, de buen
ciudadano, que se siente responsable de la
cosa pública, y que accede a los cargos públicos con vocación de servir
honradamente. El patriotismo republicano se esforzaría por separarse de la idea de ciudadanía del nacionalismo. El amor a la patria sería una pasión revitalizadora que impele a los ciudadanos a ejercer los deberes de ciudadanía anteponiendo el interés público al privado. Es una forma de vida y una cultura. Pero estos lazos de ciudadanía no hay que confundirlos con los lazos de nacionalidad. El hecho de tener una misma lengua, vivir en un mismo lugar, adorar los mismos dioses o tener los mismos lazos culturales no es suficiente para engendrar ciudadanía. El amor a la patria surge del amor a la vida como libertad. Es una pasión artificial que ha de ser potenciada continuamente. Para los nacionalistas se trataba de un sentimiento natural.6 (Aunque el
antimonarquismo fue un rasgo muy frecuente en la tradición republicana este
rasgo no es hoy significativo). Las buenas leyes
pueden aliviar al pueblo de la dominación, y aunque el derecho supone siempre
interferencia y coerción, si la ley libera de la dominación no es una
interferencia arbitraria sino que obedece a los intereses comunes, siempre que
se adecue a las opiniones de la ciudadanía. Para que no haya arbitrariedad en
las normas se requiere no sólo el consentimiento real, sino la permanente posibilidad de ponerlas en
cuestión, es decir, de discutir y
deliberar sobre los supuestos y las interpretaciones que guían la acción del
estado. La pretensión de esta nueva forma
de republicanismo es definir un modelo desde el que se puedan articular los
deberes de un estado actual. Puesto que tomarse en serio este nuevo modelo
supondría tener que asumir por parte del estado una serie de exigencias
necesarias para conseguir esta libertad como no dominación. Es por tanto, más
radical con respecto a los males sociales que el estado está obligado a remediar
y es a la vez menos escéptico, superando la prevención contra el
intervencionismo por parte del estado que tenía el modelo liberal. Se trataría
de presentar un nuevo horizonte regulativo desde el que construir la crítica y
la interpelación a las políticas actuales. La función del
estado en su empeño contra la dominación dependerá de la función que asuma la
sociedad civil. Una sociedad civil fuerte y vigilante permite menores cotas de
dominación arbitraria. Por otra parte
el estado republicano que justifica su intervención como instrumento de no
dominación no es equivalente al estado benefactor que parece que llega a
justificar cualquier intervención, conduciendo de este modo al engrosamiento del
estado. Si el bienestar procedente del estado genera dependencia terminaría
haciendo a los hombres más vulnerables a la dominación. El equilibrio entre
tener muchas funciones sin convertirlo en un poder arbitrario dependería de
multiplicar los instrumentos de control y transparencia.
5.
Conclusión. Comunitaristas
modernos no nacionalistas y republicanos liberales terminan acercando sus
posiciones de manera considerable, insistiendo sobre todo en fomentar dos
elementos que desde el principio se echaban de menos en el liberalismo y que
todavía es más urgente reivindicar ante los nuevos liberalismos extremados de
nuestros días. Por eso en
momentos en los que la obsesión por la seguridad pone en peligro la libertad
habría que recordar algunas propuestas.
a)
Insistir en que es necesario fomentar los valores
democráticos que constituyen el suelo común desde el que es posible construir
realmente la comunidad política, dando una especial importancia a la educación
en la participación y la responsabilidad colectiva.
b)
Crear nuevos y más perfectos mecanismos de control
que permita rendir cuentas con transparencia continuamente. El problema no son
los abusos, que son inevitables, sino que se conviertan en usos que por normales
dejan de llamar la atención.
c)
Es necesario recuperar la educación cívica a través
de la escuela y sobre todo de la familia y los medios de comunicación. Para el
mundo antiguo fue ésta una obsesión que estaba presente en los mitos y las
tragedias clásicas y en el teatro como instrumento para la educación del pueblo. d) La educación moral en la responsabilidad. La educación en el reconocimiento mutuo. Y especial atención para los excluidos del sistema e) La defensa de las asociaciones de la sociedad civil que deben asumir funciones no sólo asistenciales, sino también de interpelación crítica, denuncia y construcción responsable de la opinión pública, sin las que la democracia auténtica no puede funcionar. (Una posición esta última en la que coincidirían con matices con el modelo de Habermas). En este sentido las manifestaciones en contra de la guerra de Irak no deben ser consideradas inútiles. Como todos los movimientos sociales de este tipo, hay que tener en cuenta que no tienen duración, aparecen y desaparecen sin dejar rastro. Pero son una muestra de lo que puede significar una ciudadanía global que hay que continuar explorando. f) Potenciar las asociaciones intermedias las asociaciones civiles, es confiar en ellas como transmisoras de valores morales. El compromiso con lo local es necesario para defender los derechos universales. Desentenderse de lo próximo no es un buen camino h)
La potenciación y defensa de las instituciones
internacionales. Especialmente urgente para nosotros en unos momentos en los que
se está gestando el futuro de Europa, porque está en juego la posibilidad de
construir una referencia distinta, y un contrapeso a la hegemonía internacional.
Es necesario establecer mecanismos de control para instituciones que por su
tamaño y burocracia se hacen más incontrolables que las instituciones
nacionales. Es necesario educar a los ciudadanos en términos supranacionales. Se trataría en
último extremo de recordar lo que en la famosa conferencia de Constant, que ya hemos
comentado, terminaba aconsejando. Lejos de
renunciar a ninguna de las dos clases de libertad es necesario aprender a
combinar la una con la otra. Las instituciones son mejores en la medida en que
elevan al mayor número de ciudadanos a la más alta dignidad moral. La obra del
legislador no está completa si únicamente ha llevado tranquilidad al pueblo. Las
instituciones deben completar la educación moral de los ciudadanos, llamándoles
a concurrir en el ejercicio del poder a través de sus decisiones y de sus votos,
potenciar el ejercicio del control y de la vigilancia. Si los ciudadanos se
acostumbran a recluirse en la vida privada, los poderes públicos pueden
arrebatar las libertades básicas. [1] LIPOVTSKY,G. El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama, 1994, pág., 17. [2] B. Constant De la libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos (1819), en Escritos políticos, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1989, pp. 257-285. [3] Isaiah BERLIN Dos conceptos de libertad, Alianza, 2001. [4]Adela CORTINA, Alianza y Contrato; política ética y religión, Madrid, Trotta, 2001. [5] Philip PETTIT, Republicanismo, Barcelona, Paidos, 1999. También se podrían adscribir a esta propuesta otros autores como A. Renaut de quien se puede recomendar para revisar el mismo enfoque desde el punto de vista ético El futuro de la ética, Circulo de Lectores, Barcelona 1998. [6] M. Viroli “El sentido olvidado del patriotismo republicano” Isegoría nº24, junio de 2001.
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