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“LA
INDIFERENCIA RELIGIOSA EN ESPAÑA”
Este
es el título de un libro de José María Mardones. Con él conversó Francisco
Porcar
¿Qué futuro tiene el cristianismo?
José María Mardones es investigador en
el Instituto de Filosofía del CSIC de Madrid. Anteriormente fue profesor
de las Universidad de Deusto y del País Vasco. Conocido por su interés en
las cuestiones relacionadas con la sociedad y cultura moderna en diálogo
con el cristianismo, acaba de publicar “La indiferencia religiosa en
España. ¿Qué futuro tiene el cristianismo” (Ediciones HOAC).
Hablamos con él sobre algunos de los contenidos
del libro, especialmente de sus sugerencias para afrontar cristianamente
la indiferencia religiosa y de cómo debería ser un cristianismo para el
futuro.
¿Qué pretende usted mostrar con este
libro?
En primer lugar trato de describir la
situación religiosa en España. Las encuestas de campo nos proporcionan
datos que dan que pensar: prácticamente desde el año 1980 estamos
desciendo en la práctica religiosa al ritmo de 1%. La mitad de los que se
confiesan católicos (alrededor de un 81%) son no practicantes duros, es
decir, de los que no pisan la iglesia ni una vez al año. Y hay otro dato
preocupante: tenemos ya un 18% que se dice lisa y llanamente “no
religiosos”, no pertenecientes a ninguna religión.
En un segundo momento, trato de explicar
este fenómeno que cuestiona muy seriamente a nuestro cristianismo, y
atisbar algunas pistas para el futuro.
¿Cuál es su
diagnóstico sobre la situación de la indiferencia religiosa en España?
Casi he respondido ya. Es muy preocupante
ese 18% de no religiosos y más de la mitad de los católicos que no
practican y que, incluso, cuando se pregunta sobre su vivencia religiosa,
también más de la mitad se reconocen no religiosos. En las grandes
ciudades como Madrid y Barcelona, prácticamente el número de los que se
dicen no religiosos se eleva hasta el 30%, es decir casi uno de cada tres
de la gente que anda por la calle en Madrid o Barcelona vive sin
importarle nada lo religioso. Estos datos nos inquietan y nos dice que
estamos ante un desmoronamiento del catolicismo vigente hasta ahora o
catolicismo de cristiandad.
Usted afirma que todo
acontecimiento puede ser un momento propicio para una recreación positiva,
que las situaciones humanas más difíciles pueden purificar y ayudar al
cristianismo a descubrir sus potencialidades, ¿en qué sentido puede darse
esto hoy?
El Espíritu Santo no nos ha abandonado en esta
época tardo-moderna o como se le llame. Actúa en el fondo del dinamismo de
lo humano. De ahí que diga que en todo momento de la historia y en toda
circunstancia hay un clamor del Espíritu. Ante esta situación de
indiferencia, fruto de una serie de circunstancias externas a la iglesia e
internas, el Espíritu nos interpela. No emplaza a ser críticos con el tipo
de sociedad y cultura que tenemos y autocríticos con la pastoral que
hacemos, el modo como presentamos a Dios, vivimos la fe, etc. En este
sentido es un momento de purificación y de decisión, un momento de llamada
a la conversión y de gracia, para aquellos que tengan ojos y oídos.
Nos gustaría comentar dos rasgos que usted
destaca, entre otros, como propios de la cultura hoy dominante en nuestra
sociedad; uno es lo que denomina el consumismo de sensaciones, ¿en qué
consiste? ¿Qué consecuencias tiene para la fe cristiana y para un
planteamiento humanista de las cosas?
Dicho con un poco de rotundidad e ironía
habría que afirmar que el consumismo es la “religión” mayoritaria actual
de nuestras sociedades bienestantes. El centro comercial ha pasado
a ser el lugar de “culto” de las celebraciones del fin de semana y de
otros momentos con los rituales del “shopping”, y del ejercicio de
la elección o libertad del consumidor como gran derecho humano.
Pero no sólo estamos en una sociedad de
consumo de bienes materiales, sino de sensaciones, mediante los medios de
comunicación de masas y el mercado. Se expande una cierta globalización
cultural que uniforma el mundo de los jóvenes y no tan jóvenes respecto a
modas, gustos, divos, filmes, canciones, etc. Es lo que se ha llamado la
“macdonaldización de la cultura”.
Lo preocupante para el educador y el
agente de pastoral es que esta “cultura de sensaciones” o mercado de
sensaciones, es tan variada, rápida, ofrece tanta novedad que amenaza con
sumergir al consumidor en una propuesta de novedades indefinida e
inagotable. Estamos ante el peligro de quedar totalmente presos de una
inmanencia idólatra. Nada pasa más allá del objeto o sensación consumida.
Y a continuación te espera otra y otra. El “cielo” del “entertainment”,
del pasatiempo que roba la reflexión y te deja anegado en la banalidad.
Usted plantea que
afrontar cristianamente esta situación implica interrumpir el consumismo
de sensaciones y facilitar la reflexión, y habla en este sentido de la
educación del deseo, ¿qué es lo que propone al respecto?
Algo verdaderamente difícil y un tanto
traumático. Claro que ya parece haber cansancio ante el “elegir” entre la
presunta cuasi infinita variedad de objetos. El cristianismo, la iglesia,
el creyente, debe ser muy crítico con este tipo de sociedad que
deshumaniza y trivializa. El creyente actual tiene que apostar por un tipo
de vida más austera y solidaria, sin tanto consumo de sensaciones ni de
objetos.
Habría que volver a propuestas
“monásticas” de educación en la contemplación, la degustación lenta de lo
sencillo y permanente, del silencio, de la liberación del no tener tantas
cosas. Alguna psicóloga escolar me dice que ahora el problema es que los
chicos/ as tienen demasiadas cosas y no valoran casi nada. Están al
límite del hartazgo y de la carencia de apetito. Por salud psíquica hay
que educar el deseo. Como propuesta de felicidad y realización personal
debemos consumir menos, tener menos y, como decía E.Fromm, ocuparnos más
de nuestro “ser”. Los creyentes debiéramos ser testigos vivos de este
estilo de vida. Estamos llamados a ser, al menos, contraculturales en el
mundo de hoy.
El otro rasgo de
nuestra cultura es una determinada manera de vivir el individualismo, ¿en
qué consiste y qué consecuencias tiene?
El individualismo es una de las
características de la modernidad. El individualismo actual, donde se
pregona hasta la saciedad el ser uno mismo, alguien único y propio, choca
inmediatamente con la red tupida de instituciones que nos señalan y marcan
los senderos por donde tenemos que caminar. Es un individualismo
institucionalizado. Esta es la paradoja de este individualismo que corre
el riesgo de producir “clones sociales”en vez de biografías propias.
¿Cómo afrontar cristianamente este
individualismo?
Una fe cristiana vivida con seriedad
apoyaría una libertad y dueñez muy personales y, al mismo tiempo, en
relación y solidaridad con la situación de los otros. Toda una aportación
religiosa a nuestro tiempo. La fe cristiana sería así una gran ayuda para
las personas de hoy sometidas a los problemas de orientación, sentido e
identidad.
Usted también subraya que es necesario alentar
la esperanza como horizonte, ¿por qué es esto tan importante hoy?
Vivimos un tiempo de incertidumbre. No nos
creemos ya las visiones ni revolucionarias ni neoliberal progresistas de
la historia. Incluso hemos caído en la cuenta de que la sociedad que hemos
construido es nuestra amenaza más grande. La misma ciencia se ha
convertido en una amenazada con un ritmo de innovaciones sin tiempo de
asimilación social; no digamos la industrialización, el militarismo, la
burocracia, etc.
Es momento de miedos y desesperanzas. Por
eso la fe puede aportar, sin falsas pretensiones, una actitud de cautela
pero de confianza en las posibilidades del ser humano y de cambio de la
sociedad. En este sentido, el no ser crédulos respecto a utopía alguna, no
esperar el cielo en la tierra, le convierte al creyente cristiano en un
gran espíritu crítico y esperanzado al mismo tiempo. Un verdadero
“revolucionario permanente”, como se decía no hace mucho.
¿Cómo sintetizaría las
características de un cristianismo para el futuro?
Suelo repetir que tiene que ser un
creyente con:
1) experiencia religiosa profunda,
2) solidaridad efectiva y con
conciencia estructural,
3) que vive y comparte la fe en
pequeñas comunidades,
4) con una fe formada y crítica y
5) que celebra gozosa y festivamente
su vida y esperanza
¿Qué potencialidades y qué limitaciones o
dificultades existen en nuestra Iglesia para caminar en esa dirección?
Todo el peso de lo vivido y todo el miedo
que produce la incertidumbre del presente. Estamos en un momento de
tránsito, como decía, hacia un cristianismo no de cristiandad, más
minoritario, personalizado y testimonial. Hay muchos que están viendo ya
que la corriente misma de la historia y el Espíritu conduce hacia ahí. Lo
bueno sería que conscientemente empujáramos hacia ese estilo de
cristianismo. Pero hay envejecimiento y actitudes reactivas, de defensa y
amurallamiento. Veo una Iglesia a la defensiva.
Existen también grupos maduros y jóvenes
con ganas de tener una experiencia profunda de Dios, con sentido
contemplativo y solidario, con fe abierta y crítica, muy vueltos hacia
Jesús y el Evangelio, estos son los llamados a impulsar una transición
hacia un cristianismo minoritario pero representativo. Una gran tarea e
interpelación que exige creyentes muy dispuestos. Ojalá lo veamos los más
posibles y nos entreguemos a ella. Está en juego el futuro del
cristianismo español.
Noticias Obreras, Nº 1.349.
Para más
información:
http://www.hoac.es
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