|
Patrici Ruiz Esteve
Graduados
1 de
noviembre de 2004
Festividad de
Todos los Santos
(Versión en pdf para imprimir
en castellano,
y en valenciano)
Índice.
I.- CARACTERÍSTICAS DE LA DEMOCRACIA: RASGOS Y VALORES
DE
REFERENCIA
-
Individualismo
- Consenso
- Sociedad
civil
- Deseo de
libertad
- Equidad
- Dignidad
de toda persona humana
II.- EVANGELIO Y FILOSOFÍA DEMOCRÁTICA
III.- IGLESIA Y DEMOCRACIA
3.1.
Historia De la Iglesia
3.2.,
Iglesia y democracia en un nuevo tiempo.
IV.- CRISTIANISMO Y VIRTUDES PÚBLICAS DE LA CIUDADANÍA
DEMOCRÁTICA
4.1.
Ética Civil.
4.2.
Virtudes públicas y virtudes cristianas.
4.3.
El alcance público de algunas virtudes cristianas.
V.- REPENSAR LA DEMOCRACIA DESDE EL CRISTIANISMO
VI.- BIBLIOGRAFÍA
I.- CARACTERÍSTICAS DE LA DEMOCRACIA: RASGOS Y VALORES DE REFERENCIA.
La
democracia es la organización social que tiende
a llevar al máximo la
conciencia y responsabilidad cívicas de
cada uno.
-
que cada ciudadano sea guardián de la cosa pública
-
que colabore efectivamente en la obra común
-
que sea consciente que colabora.
La democracia
es una cultura que implica una cierta concepción de la vida en común, unas
relaciones humanas estructuradas de forma elaborada a lo largo de de una
historia y de una educación, y supone a
la vez una moral e implica una filosofía de la razón. (la
razón no pertenece al que sustenta el
poder solamente, sino que es compartida por todos.)
La democracia
es una forma de entender la vida y la organización social que posibilita al ser
humano llegar a ser realmente persona. Más
que una cuestión de disposiciones institucionales, es cuestión de cultura y de
modo de vida.
Afirma Gaston Piétri que
el advenimiento de la sociedad moderna es inseparable del advenimiento de la democracia, y lo que
caracteriza a ambas es la emergencia del
sujeto.
Individualismo
El
individuo se convierte, en sí mismo, en la primera y determinante referencia. Es el paso de una sociedad donde lo primero que cuenta es el conjunto a una sociedad individualista, donde lo
primero que cuenta es el individuo.
El
espíritu democrático consiste en dejar
al individuo el máximo de capacidad de opción.
Una
perversión de este rasgo característico de la democracia sería el
individualismo narcisista, es decir centrarse en uno mismo y en la propia felicidad en detrimento de la
preocupación y del servicio a los demás.
Ya Durkheim
afirma que la democracia debe fundamentar la relación entre el
individuo y la colectividad de modo que
los progresos del individualismo no provoquen la fragmentación del cuerpo
social.
Responsabilidad
de cada sujeto: la conciencia personal
es la que impulsa a cada persona a ser
actora de su propio devenir y de de
aquellos que le rodean. En este aspecto cada ciudadano es guardián
de la cosa pública y colabora
efectivamente en la obra común. Por tanto, el individualismo, lejos de negar la
comunidad, la incluye en su proyecto por su sentido auténtico de unas
relaciones hechas de reciprocidad.
Con
la democracia hemos entrado en una “sociedad contractual” ¿Quién es el primero,
el individuo o la sociedad? La
emergencia del individuo va a la par con la idea de creación del vínculo
social.
¿El
individualismo choca con el principio de
comunidad? Enmmanuel Mounier
acuña el concepto de “personalismo comunitario” para distinguir al individuo de
la persona. De este modo nada se opone a la instauración de una verdadera
democracia, disociándola de su individualismo, para dar al sujeto-actor su
auténtico fundamento de persona creada por Dios a su imagen. La persona sólo
vive de su relación con otras personas en un intercambio y una interacción que son rasgos constitutivos de su vocación.
Consenso
Pero el “pacto
social” no acaba de funcionar, pues no hay vínculo social sin un fondo común al
que todos se adhieran, aunque sea en diferentes grados.
El ejercicio de la
democracia pasa por la búsqueda del compromiso, para lo que es necesaria una
concepción no dogmática de la verdad.
El
consenso como lugar admitido en el juego
democrático supone un reto para la Iglesia católica, de cara a la aceptación
leal de la democracia.
Sociedad civil
Frente al excesivo
dominio del Estado se propone la promoción de la sociedad civil para devolver a
la democracia su verdadera inspiración. Pierre Ronsanvallon
resume así el objetivo: “permitir que se reconstruya una verdadera sociedad
civil en un mundo aplastado por la burocracia del estado y la regla de la
mercancía”
Desde
este punto de vista la democracia es una
práctica exigente, un aprendizaje nunca
acabado, donde la sociedad política consiste no sólo en el ejercicio del poder
sino en tener en cuenta las aspiraciones de los ciudadanos.
Deseo de libertad
La libertad no entendida como ausencia de
obstáculos (Hobbes)
sino como el deseo de controlar el poder que será ejercicio sobre los
ciudadanos y sobre la sociedad.
Equidad
El ciudadano no
obedece a una persona en particular, sino a la ley, y ésta es igual para todos.
Posibilidad permanente de apelar toda
decisión estimada injusta.
Podemos deducir que no hay democracia
sin el valor de la justicia.
Dignidad
de toda persona humana
Esta dignidad se
basa en el reconocimiento del hombre como ser razonable. Todo hombre es un fin,
no un medio. Es necesario que cada uno
sea reconocido y reconozca al otro. La democracia reposa sobre una moral de
respeto a la persona. La idea de los derechos del hombre enuncia las exigencias
fundamentales de este reconocimiento. El respeto a esta referencia es la
condición de la vitalidad y salud de una democracia.
Resolución de los conflictos y las
tensiones sociales
La democracia privilegia el intercambio de argumentos, el
debate, la discusión y la no violencia constituye un valor de referencia.
Presupone que los individuos y los grupos tienen opiniones diferentes e intereses
divergentes, pero que existe siempre una vía para resolver los conflictos. Los
vencedores sólo lo son relativa y temporalmente y tienen la obligación de
respetar a la minoría.
Estos
valores de referencia esenciales en el
ejercicio de la democracia no presuponen un total acuerdo entre los ciudadanos.
Evidentemente van unidos al ejercicio de
la razón y al sentido de la dignidad del hombre, pero no dicen nada sobre el
destino último de la humanidad. No se pronuncian sobre el sentido de la
historia, del sufrimiento o de la muerte. Callan ante las verdades últimas, por
ello son compatibles con una
sociedad filosófica y religiosamente
pluralista.
Estos
valores constituyen la base de lo que Jacques Maritain
llamaba el credo democrático, o con sus propias palabras, “los puntos de
convergencia prácticos constitutivos de la carta democrática.”
II.- EVANGELIO Y FILOSOFIA DEMOCRÁTICA
El debate sobre si el
cristianismo es la fuente, o una de las
fuentes de los valores democráticos es infinito e
insoluble.
Según Bergson la fraternidad es lo esencial de la democracia, y
de ahí “la esencia evangélica de la
democracia”
Frente a
las concepciones del Antiguo Régimen, que se apoyaba en una diferencia de
naturaleza entre gobernantes y gobernados, las concepciones democráticas
establecen que “los hombres nacen y permanecen iguales en derechos”
Los
cristianos, ¿nos podemos adherir a este conjunto de valores sin renegar de lo
que somos, sin pretender que estos valores nos pertenecen?
¿Cómo el
cristianismo portador de estos valores
en su tradición religiosa no se han encontrado
a gusto en su trascripción política?
La justicia, la verdad, el amor fraternal
no son para el cristianismo entidades
teóricas ni simples abstracciones del espíritu.
Las raíces
del cristianismo lo colocan de lleno en
estos valores y al mismo tiempo le llevan a ejercer un juicio crítico del
propio sistema.
La
democracia se convierte en la manera de “amar a los otros como a uno mismo”
(Mt.19,19) porque la verdadera democracia nunca
persigue la libertad propia o del propio grupo al margen de la libertad de
todos.
El
mensaje evangélico libera a la esfera
política de toda tentativa de sacralización y de la imposición heterónoma de la
ley. Si hay una aportación del
cristianismo a la filosofía democrática, es aquella que deriva de impulsar al
hombre a una libertad autónoma y responsable, a la búsqueda de la justicia y
del derecho. Esta autonomía de las sociedades democráticas las predispone a
regirse según los valores de la no violencia, del no desprecio al otro, de la
solidaridad humana.
La búsqueda de la verdad en el orden social y
político se opera según estos valores, y no por imposición de una pretendida
verdad absoluta y para siempre.
La
fe cristiana predispone a la formación de actores sociales responsables, no
sólo de ciudadanos críticos, sino también de hombres y mujeres capaces de
iniciativas y a asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida
social.
Cuando
el cristianismo educa a sus seguidores a vivir
según el evangelio, les abre a la solidaridad humana más grande, y a
hacer un trabajo eminentemente político, porque forma ciudadanos responsables y
críticos sin los cuales la democracia se hundiría.
III.- IGLESIA Y DEMOCRACIA
3.1. Historia de la
Iglesia
¿Por qué cuando hizo su aparición la democracia no fue
recibida con alborozo y durante el s.
XIX los católicos se arrojaron en brazos
de los viejos partidos monárquicos? Ello abrió tal abismo entre la Iglesia y el mundo que aún hoy
persisten viejos tics contra la democracia.
En
1791 el papa Pío VI condenó la Declaración de los Derechos del Hombre
como algo “monstruoso que, sin embargo
para la Asamblea parece derivar de la igualdad y la liberetad
connaturales a todos los hombres”
En
1864 Pío IX publica el Syllabus, uno
de los ataques más grandes de la Iglesia
en su apreciación del espíritu laico. La Iglesia se enfrentó por primera
vez con criterio total con la mentalidad contemporánea.
Tal
como nace de la filosofía de la Ilustración, la idea democrática se acomodará con bastante facilidad a la versión
protestante de de la fe cristina, en la
medida en que ésta valora la conciencia individual en la libre interpretación
de la palabra de Dios a través de la Biblia.
El
catolicismo por su parte, valora el principio de autoridad, y en aquel
momento lo hizo con una imbricación tal
de lo político y de lo religioso que terminó legitimando con legitimación
divina a una monarquía absoluta. Esto
planteó la cuestión en torno a la autoridad, antes de pasar a la cuestión del
modo de ejercer dicha autoridad.
En
1942, Jacques Maritain
abogaba por la democracia en nombre de
su fe en el Dios de Jesucristo ante una barbarie nazi de la que muchos
católicos seguían siendo poco conscientes.
En
los Estados Unidos, Jacques Maritain se sintió
impresionado por la alianza entre la religión y una democracia que” nunca ha olvidado sus orígenes cristianos.” Esta
situación norteamericana incita a Jacques Maritain a
remontarse más allá del enfrentamiento
que durante más de un siglo ha
llevado a las democracias modernas en Europa a renegar del Evangelio y al
cristianismo en nombre de la libertad humana a combatir las aspiraciones
democráticas en nombre de la religión.
Maritain mantiene que “la democracia está ligada al
cristianismo y que el impulso democrático surgió en la historia humana como una
manifestación temporal de la inspiración evangélica.”
“Esta forma y este ideal de vida común
que llaman democracia proceden de la inspiración evangélica, y más aún, no
pueden susbsitir sin ella”
Desde esta
óptica Maritain
considera que la Revolución francesa es la “explosión del idealismo
cristiano laicizado”
El filósofo Marcel Gauchet
desarrollaba la tesis del origen cristiano de la sociedad moderna. “La era de
la religión como estructura ha terminado”. Por tanto, lo mejor es aceptar su
final, si se entiende por religión un conjunto de principios que estructuran
desde el exterior la sociedad misma, determinando directamente tanto sus
instituciones como las mentalidades y las costumbres.
Desde este
punto de vista, aún cuando queden todavía un significativo número de individuos
religiosos, la sociedad como tal es atea. Pero concluye que no hay que buscar para esta sociedad
moderna otra matriz que el propio cristianismo. Los cristianos no pueden sino estar atentos: el cristianismo
es la “única religión compatible con la modernidad a poco que sea capaz de
evolucionar y de adaptarse.
Maritain considera una característica central del régimen
democrático el hecho de que los dirigentes reciban el derecho de gobernar
“gracias al consentimiento o a la
voluntad del pueblo o del cuerpo de la comunidad, en el que reside siempre la
autoridad antes de ser depositada en los jefes”
La razón de
este lugar fundamental concedido al pueblo, y a través de él a cada hombre, es
la igualdad de todos ante Dios.
Si las cosas
son tan simples en lo que respecta a la autoridad del pueblo y a la autoridad de Dios, ¿por
qué esa profunda reticencia de los medios católicos a aceptar la democracia ¿
Todavía León XIII en la encíclica Diuturnum de 1881 deploraba el concepto de
autoridad que procede del pueblo. Esta
idea es fruto nefasto de los “nuevos
amos” que son los filósofos, de los que los católicos deben apartarse. La
autoridad de los gobernantes deriva de la autoridad divina, citando a San Pablo
“no hay autoridad que no provenga de Dios” Frase que sirvió durante mucho
tiempo para justificar una autoridad política del tipo monarquía de derecho
divino.
Sin embargo,
el papa León XIII, a pesar de su temor a ver desvanecer la autoridad en la
sociedad civil, y de rebote en la propia Iglesia introduce matices importantes.
La fuente de autoridad es Dios, pero reconoce
una sana libertad de apreciación en cuanto a la manera de designar a
quienes deben gobernar la cosa pública. Distinción entre el origen de la
autoridad y el modo de designación de los gobernantes.
El nacimiento
de la modernidad política se identifica, para Alain Touraine, con este cambio radical por el que el poder ser
reconoce como un producto de la voluntad humana en lugar de ser impuesto por una decisión divina, la costumbre o la
naturaleza de las cosas
En
1944 el papa Pío XII se alegra
"de que la forma democrática de gobierno aparezca como un postulado
impuesto por la propia razón". “Cuando reclamamos más democracia y mejor, esta exigencia no puede tener otro
sentido que el de poner al ciudadano más en condiciones de tener una opinión
propia, de expresarla y de hacerla realidad de una manera que concuerde con el bien común”. No se habla
únicamente de legitimidad, sino de existencia y, además, de la exigencia de una
democracia activa.
La
adopción por parte de la ONU, el 10 de
diciembre de 1948, de la Declaración
universal de los derechos del hombre constituyó un acontecimiento
fundamental para la democracia. El papa Juan
XXIII, en la encíclica Pacem in terris (1963), saludó este acontecimiento como un
alba para la humanidad.
Pablo VI en la Octogesima Adveniens (1971) abogaba por “una democracia
moderna capaz de asociar concretamente a los hombres y a las mujeres de este
tiempo a las decisiones que conciernen a
la vida en común”
Juan Pablo II afirma en la Centesimus annus
(1991): “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida en que
asegura la participación de los
ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la
posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de
sustituirlos oportunamente de manera pacífica”
El
propios Juan Pablo II afirmó que el lema de la revolución (Libertad, Igualdad,
Fraternidad) representa la expresión de unos valores cristianos y que los que
acuñaron este lema querían actuar a favor del hombre.
Esta
pincelada histórica resume una batalla absurda y mal planteada que incapacitó a
la Iglesia para “leer los signos de los tiempos” y le hizo oponerse a las
democracias nacientes: la oposición entre los derechos del hombre y los
derechos de Dios.
Pero
no hay tal oposición entre los derechos de Dios y los derechos del hombre,
puesto que uno de los fundamentos teológicos
de la democracia es que por voluntad del
mismo Dios revelado en Jesús, los derechos de Dios son precisamente los
derechos del hombre. Y no otros. Querer respetar “otros derechos de Dios,
distintos de otros derechos del hombre puede ser sólo una manera de buscarse
poder, por parte de los que se creen “representantes de Dios”
Por fin la
Iglesia católica, lejos de considerar que la democracia compite con los
derechos de Dios en su autoridad soberana, descubre, en definitiva, en el
derecho del hombre a elegir y a hacer realidad un modelo, el verdadero
cumplimiento de los designios de Dios.
Si la
democracia y la Iglesia parecen por fin llevarse bien, ha sido porque tanto la una como la otra se han visto
zarandeadas por ese fenómeno nuevo en la historia que ha sido el totalitarismo.
Las
democracias modernas han nacido del
rechazo a la arbitrariedad, al poder despótico, a la dependencia de los
caprichos de los poderosos. Hay en su origen una desconfianza hacia el poder
del hombre sobre el hombre, una tentativa de limitarlo lo más posible.
Después de que
los sistemas totalitarios han revelado su innata perversidad, se ha impuesto a
gran parte del mundo la convicción de que la democracia sigue siendo el modo de
gobierno más seguro, el que presenta, respecto de las expectativas más
elementales de la humanidad, las mejores garantías contra el despotismo y la
opresión.
Así pues,
también hay que constatar que sin el factor cristiano no puede explicarse la
tradición democrática norteamericana, ni la reconstrucción de Europa tras la II
Guerra Mundial sobre los pilares de la democracia (Schumann,
Adenauer, De Gasperi, y la participación activa de
Jacques Maritain en la Declaración de los Derechos
Humanos.
3.2. Iglesia y Democracia en un nuevo tiempo
La democracia
se asocia con los derechos humanos, y nadie podrá ya deshacer este vínculo. La
Iglesia católica tomó nota de ello y proclamó
en el Vaticano II, el principio de la libertad religiosa. Pero la
libertad es indivisible, y lo que es
válido para la libertad religiosa lo es también para todas las libertades
democráticas.
Por tanto, el
cristianismo entra en la esfera pública no solamente para proteger su propia
libertad de religión, sino todas las libertades y derechos modernos, y el mismo
derecho de una sociedad civil democrática, y en consecuencia la Iglesia ha
dejado de ser una institución obligatoria y se ha convertido en una institución
religiosa libre de la sociedad civil.
Esto no
significa que la Iglesia ya no vaya a desempeñar un papel público, sino que la
Iglesia ya no va a ser el estado, o la sociedad política, sino una sociedad más
dentro de la sociedad civil. Ya no tiene poder para regular la moralidad
pública de todos los ciudadanos, y ni siquiera está claro que pueda controlar
la moralidad privada de los mismos fieles católicos.
Ya no es
posible para la Iglesia “reconquistar” la sociedad civil refrenando la
secularización y la propia laicidad, presionando directamente sobre la
legislación para ajustarla deprisa y bien
a las normas del magisterio eclesial. La democracia no puede acomodarse
a este tipo de actitud, ni tampoco la credibilidad de la Iglesia.
No se trata de
negar a la Iglesia, como a otras instancias sociales, el derecho a criticar
procesos sociopolíticos. En buena parte de sus intervenciones se detecta una
actitud dogmática e intolerante, que se deriva de la convicción de quien se
cree administradora y en monopolio de
una Verdad y de una salvación que los demás desconocen y necesitan.
En algunas
ocasiones, cuando la Iglesia entra en los debates públicos es muy ineficaz,
porque no ha sido capaz de enmarcar su discurso de forma que no fuera tachado
de crítica conservadora y partidista o de crítica tradicionalista de la moderna
cultura secular. Sea por las razones que
sea, las intervenciones públicas de la Iglesia no han promovido ningún serio
debate público sobre el significado y la naturaleza de la moralidad privada y
pública en las sociedades modernas.
¿En qué han podido chocar y pueden aún molestar al
cristianismo, y más concretamente a los católicos, estas perspectivas
democráticas?
Son demasiadas
las ocasiones en que la jerarquía
eclesiástica aparece recelando de la sociedad democrática pluralista y secular
y condenando aquellas normas y conductas que se amparan en la legalidad democrática
y que no se ajustan a las directrices morales del magisterio de la Iglesia.
El propio Gaston Piétri responde: “sólo es
posible responder a estas cuestiones
invocando el necesario discernimiento al que está llamada la Iglesia en cada
momento de su historia. Se trata de hacer una selección entre los aspectos
permanentes del mensaje y los aspectos contingentes, forzosamente tributarios
de las evoluciones históricas”
Es necesaria
la Inculturación, no sólo respecto de las tradiciones
culturales históricas y geográficas, sino también respecto de los cambios
culturales en los países de antigua tradición cristiana. La Iglesia había
conocido sociedades estables, y tal estabilidad le parecía la imagen misma de
la inmutabilidad del Dios eterno.
La Iglesia debe
dejarse interpelar por la cultura democrática y percibir en qué condiciones
esta cultura democrática puede colaborar a una renovación evangélica de sus
modos de organización eclesial.
La democracia
sigue planteando a la Iglesia muchos problemas. Algunos son continuación de los conflictos iniciales,
porque la memoria colectiva está finalmente más viva de lo que parece. Otros
problemas son en parte nuevos, en un mundo en el que los cambios experimentan
aceleraciones imprevisibles y a veces desconcertantes.
El
fundamentalismo católico no tiene la menor duda en apuntar al laicismo surgido
de la Ilustración como una de las fuerzas del mal que están determinando a
Europa y arrastrándola al paganismo. El fundamentalismo católico cuestiona la
posibilidad de una verdadera ética
autónoma, es decir, una ética basada en la razón y la libertad. Se niega la
posibilidad de una ética civil y política que se aleje de los postulados de la doctrina moral del Magisterio de la
Iglesia. En nombre de una moral de máximos se deslegitima una ética de mínimos.
Si fuera de la
Verdad no hay libertad, se impone una actitud beligerante contra todas aquellas
formas de pensar o de actuar que no se ajustan a dicha Verdad.
Un sistema de
dogmas puede ser una buena arca para mantenerse a flote y salvarse del diluvio
de “la modernidad” y de la historia. Pero la Iglesia se encerrará más sobre sí misma y será más propicia al
fundamentalismo si no intenta leer “los signos de os tiempos”
El gran reto
de la Iglesia actual es la credibilidad.
Si se quieres ser fiel al lema “la Verdad os hará libres”, hay que estar
dispuestos a dejarse liberar incluso de la manía poco evangélica de pensar que
sólo nosotros poseemos “la Verdad”. En una sociedad pluralista, apostar por la
verdad, la libertad y el bien, pasa por el respeto a la verdad, libertad y forma de entender el
bien que tienen los demás.
Frente a la
ortodoxia opresiva y fanática y al repliegue y atrincheramiento defensivos, el
pluralismo exige una actitud de diálogo, de negociación y de tolerancia para
poder vivir y compartir las propias
convicciones y las de los demás.
No es un Dios
útil, un Dios-refugio, sino un Dios a la altura de las más nobles aspiraciones
del hombre el que los cristianos deben proponer a su libre y gratuito
reconocimiento. En cualquier caso, es la única vía adecuada para el anuncio del
Evangelio en una sociedad democrática.
IV.- CRISTIANISMO Y VIRTUDES PÚBLICAS DE LA CIUDADANÍA DEMOCRÁTICA
4.1. Ética civil
La
ética de la ciudadanía democrática resalta como hemos visto dos
características: la afirmación de la individualidad
y la distinción entre lo público y lo
privado.
La
afirmación de la individualidad se
concreta en la defensa de la independencia y separabilidad
de los individuos, merecedores de respeto como sujetos de derechos
inalienables. Adquiere importancia desde este aspecto la autonomía personal, desde la que cada uno debe poder decidir y realizar con libertad los
planes de vida que juzgue convenientes, lo que supone la asunción del pluralismo social
En
cuanto a lo público y lo privado no deben ser excluyentes, puesto que lo
público sirve para proteger la búsqueda
de los intereses particulares.
La
ética civil es estrictamente la ética de
la ciudadanía democrática, la ética
compartida necesariamente por todos y acorde con nuestra condición de
ciudadanos, mientras que la ética de máximos son las expresiones plurales y
opcionales que en nuestra condición de
individuos autónomos elegimos con libertad.
La
ética civil guía la convivencia de las libertades, mientras que las éticas de
máximos guían nuestros proyectos de autorrealización, y deben ser respetadas
tanto por las instituciones como por quienes no las comparten.
La
ética civil es, pues, una ética de “mínimos” de convivencia, pero no agota como
tal la referencia a la moralidad. Junto a lo que consideramos obligatorio para
todos los ciudadanos, está lo que consideramos apropiado para nuestra vida
lograda como personas concretas que somos. Aquí entra en juego las propuestas de éticas de máximos para
alcanzar una vida plena y feliz. Es
evidente que esta ética de máximos no puede contradecir no puede contradecir
las exigencias de la justicia procedimental y social
de la ética civil. ¿Pueden dinamizar la vida pública?, ¿o deben mantenerse en
la esfera privada?
4.2. Virtudes públicas y virtudes
cristianas
Las virtudes
públicas son hábitos relevantes de los ciudadanos que afianzan los valores que
sostienen la ciudadanía democrática y los principios de justicia: solidaridad,
tolerancia, justicia, capacidad de diálogo, razonabilidad,
responsabilidad social.
¿El resto de virtudes son virtudes privadas? El propio Xabier Etxeberria considera que se trata más bien de virtudes
directamente dirigidas a la perfección de las personas y que las hacen mejores ciudadanos.
Pensemos en virtudes como la sinceridad, la gratitud, la perseverancia, la
fortaleza, la misericordia, la humildad, la caridad. Para la moral cristiana el
amor es la referencia suprema, lo que potencia y autentifica las demás virtudes
que, en el fondo vienen a ser
desarrollos parciales del amor.
Vividas
adecuadamente nos hacen mejores ciudadanos, más comprometidos con la libertad y
la igualdad de todos, y en ese sentido son también virtudes sociales.
Esto quiere
decir que la distinción entre virtudes
privadas y virtudes públicas no es nítida. Habría que hablar de virtudes
públicas que a la vez contribuyen a la
perfección de la convivencia ciudadana. Hablar de virtudes cristianas no
significa defender que sean
exclusivamente cristianas, sino que son relevantes en el conjunto de la experiencia y de la tradición
cristiana.
¿En qué medida
la propuesta o los valores de la moral
cristiana, puede conexionarse con la ética de la ciudadanía y las virtudes
públicas?
Hay que
esperar al Vaticano II para que se reconozca la libertad religiosa, y en el
magisterio eclesiástico aún sigue habiendo una fuerte resistencia a ir al fondo
de la cuestión, la relación entre verdad y libertad, para aceptar que en la
normatividad social el primado no está en la verdad (¿definida por quién?),
sino en la libertad, desde la que se tiene derecho al error.
El
catolicismo debe asumir que es una propuesta opcional en una sociedad
plural sin intentar imposiciones ahora más sutiles por la carencia de poder, y volviendo a sus
raíces, retomar a fondo una inspiración evangélica para la tolerancia, a partir
de la centralidad del amor. Con la democracia han acabado los tiempos de la imposición religiosa.
Hay
que reconocer que con mucha frecuencia el cristianismo dominante se ha centrado
en la moral de la culpabilidad y del no, y que si quiere aportar a la sociedad
una moral de virtudes que nos
perfeccione como personas y como ciudadanos tendrá que afrontar la moral del sí
y de la creatividad libre.
La imagen de una ética civil pública y unas éticas de
máximos privadas que caminan en paralelo desde orígenes diferentes es
incorrecta. Esto supone que la tradición cristiana ha aportado y debe seguir
aportando contenidos a la ética civil. Ahora bien, no de cualquier manera: 1)
lo que pasa a formar parte de la ética civil se asume desde la laicidad. No hay
virtudes públicas cristianas sino virtudes públicas laicas que, entre otras
tradiciones, tienen raíces en la tradición cultural cristiana. Desde este punto
de vista el cristianismo no es pura y estricta cuestión de privacidad, sino que
puede intervenir en la configuración del sujeto cívico.
Hay que
reconocer que hay poca confluencia en el diálogo entre cristianos y quienes no
se reconocen como tales. La reflexión laica tiende a ignorar las raíces y
aportaciones de la cultura cristiana, y
la reflexión cristiana tiende a no salir de su gueto. Pero el remedio no está
en atrincherarse sino en cultivar una fe intensamente abierta por coherencia
con lo que supone la centralidad del amor y porque se hará así más fecundo el
modo de aportación cristiana a la ciudadanía.
La
contribución del cristianismo a la ciudadanía democrática reclama de la
comunidad política una concepción de laicidad abierta.
4.3. El alcance público de algunas virtudes
cristianas
La virtud de
la justicia es la referencia absoluta de las
virtudes de ciudadanía, y el amor lo es de las virtudes cristianas.
La noción de
justicia procede de la escolática. La
solidaridad y la fraternidad son
conceptos ético-políticos procedentes de al tradición judeo-cristiana.
En palabras
de Ricoeur, “no puede aducirse la caridad para
ignorar la justicia, pero puede aducirse el amor como poética de la justicia.”
Esta complementación de la justicia la puede hacer el amor animando virtudes
más específicas que nacen de él, como la compasión, la misericordia, la
mansedumbre, la solidaridad que es ya una virtud consagrada como virtud
pública.
V.- REPENSAR
LA DEMOCRACIA DESDE EL CRISTIANISMO
Es
evidente que la democracia no puede
quedar reducida a la creación y funcionamiento de las instituciones públicas.
Es preciso recuperar la ética democrática y esto afecta tanto a los ciudadanos individualmente
considerados como a los diferentes colectivos
que integran la sociedad civil, incluida la Iglesia y los cristianos.
En este
sentido urge introducir en la sociedad criterios morales para que no se mueva
sólo por criterios particularistas, sino
que tenga en cuenta la solidaridad, la
justicia y la aceptación de la diversidad, es decir, criterios en definitiva
sociales.
En
consecuencia la democracia debe ser un
instrumento al servicio de finalidades
colectivas. El fundamento de la democracia
es la persona humana en su dimensión comunitaria. El hombre es
consciente de que su destino está ligado
a los demás, “al bien común”. No puede haber bien individual sin bien
colectivo. Este “bien común “ ha de incorporar
elementos de gratuidad, por ello es cuestionable que se pueda vertebrar a
partir del exclusivo “interés privado”.
Es preciso,
pues superar el marco teórico vigente basado en el individualismo moderno e
incapaz de configurar la realidad social desde el reconocimiento de todos. Por
tanto, si se quiere lograr una existencia verdaderamente humana es preciso
repensar la sociedad desde la cooperación y no desde la competencia.
Repensar la
democracia en este momento histórico es hacerlo desde el pluralismo que tiene
dos vertientes: la pluralidad de actores que han de concurrir a la
gobernabilidad mundial y que rompen el marco estatal, y la pluralidad de
culturas que nos exige vivir la libertad al servicio de la inclusión social y
la igualdad al servicio de la diferencia.
Urge pensar y
tener el atrevimiento de proponer un nuevo modelo de solidaridad que pase por una revisión a fondo del modelo de desarrollo y estilo de
vida actuales.
Urge pensar en
una democracia participativa que vertebre el tejido social y rompa el
corporativismo, recuperando la sociedad civil, en el sentido de devolver la voz
a los agentes sociales.
La democracia
necesita ciudadanos dispuestos a juzgar las instituciones y sus prácticas y a
considerarlas buenas solamente si favorecen el desarrollo de su autonomía, de
su capacidad de llegar a ser personas. Hay que educar y formar en un espíritu
crítico y en el discernimiento, con el fin de fortalecer la conciencia de
libertad y autonomía individual ante los
estímulos que nos rodean. En definitiva, recuperar el papel de la cultura como
instrumento de cambio y transformación.
Nuestras
democracias necesitan de hombres y mujeres convencidos de estos valores fundamentales, y las
Iglesias deberían jugar un papel de fundación simbólica de estas democracias en
el nuevo milenio, no pretendiendo dictar a los ciudadanos y a los poderes
públicos las acciones a realizar, sino justo al lado de los hombres creyentes y
no creyentes en el servicio al hombre. (Paul Ricoeur). Las diferentes iglesias deberían jugar un papel
importante como promotoras de solidaridad y de espacios donde se vive la
gratuidad.
De este modo,
las iglesias serían a la vez fieles al
mensaje evangélico que coloca al hombre
ante la grandeza divina de su tarea
humana, y a la democracia que tiene necesidad de ciudadanos activos,
críticos, buscadores del bien de todos y conscientes de nuestro destino común.
La fe cristiana nos puede ayudar a estar vigilantes para que los valores
democráticos no se debiliten. La democracia es una obra cotidiana y permanente.
La democracia
que tenemos no puede funcionar como supremo tranquilizador de
conciencias, sino como motivador hacia una meta que quizá sea inaccesible
históricamente, pero hacia la cual es posible que la historia vaya acercándose cada vez más.
¿Qué
cristianismo es el que cabe en estas
circunstancias históricas? ¿Cómo hablar
de Dios al no creyente, al hombre
sin religión?
La tradición
cristiana debe actuar como factor
exigente de la ciudadanía democrática.
La religión
como oferta de salvación, coloca la felicidad no en la satisfacción material,
sino en la colaboración personal y
supone una llamada a la responsabilidad
personal. La tradición bíblica concibe a
la persona como ser libre y por ello educa en la responsabilidad del hombre
para con los otros. La religión educa en la orientación hacia el mundo, en la
corresponsabilidad, en la actitud de proximidad.
La tradición
bíblica educa en el respeto al otro, en la igualdad radical de todas las
personas porque el hombre está hecho a imagen de Dios. La exigencia de la fe
cristiana en nuestro tiempo es respetar la autonomía de la razón humana. (Bonhöffer)
La religión
nos sitúa ante la profundidad de la realidad, ante el misterio, y por ello
educa en la contemplación.
El
cristianismo sigue hoy formando una
minoría cristiana activa precisamente bajo los parámetros de una ciudadanía
democrática exigente en oposición a una
ciudadanía de baja intensidad propia de la cultura del individualismo posesivo
en estos tiempos de globalización neoliberal.
Los rasgos de
esta ciudadanía exigente que se está socializando hoy en el tejido cristiano
son:
Una
ciudadanía que vive como identidad personal
el interés por lo público, la mirada despierta a la realidad y el hacerse cargo
del bien común.
Una ciudadanía
como proyecto de derechos para toda la persona humana.
Una
ciudadanía planetaria, incluyente y
cosmopolita, de identidades compartidas, compasiva hacia los ciudadanos menos
iguales, partidaria del diálogo, la no violencia, la cooperación y la paz.
Una ciudadanía
libre y exigente día a día, con sus gobiernos y políticos, con sus empresas,
con los medios de comunicación, con la cultura, con las instituciones
religiosas y sociales.
El
cristianismo contribuye desde diferentes líneas de acción a la reconstrucción
de esta ciudadanía democrática. La principal es la formación de personas que
vivan desde el Dios de Jesús la justicia y la solidaridad. La coherencia y el
testimonio en la vida cotidiana es el fundamento de un concepto cristiano de
ciudadanía.
VI.- BIBLIOGRAFÍA
Casanova, José: “Dimensiones públicas de la religión en las modernas
sociedades occidentales”, en Iglesia Viva, 178-179 (1995)
Delors, Jacques:
“Valores cristianos y sociedad laica”, en Iglesia Viva 178-179 (1995)
Etxeberria, Xavier: “Religión cristiana y
virtudes públicas de la ciudadanía democrática”, en Iglesia Viva, 202 (2000).
García de Andoain, Carlos: “El cristianismo
en la reconstrucción de una ciudadanía democrática”, en Iglesia Viva, 213 (2003).
Gauchet, Marcel: La religión en la democracia,
Ed. Complutense, 2003
González- Carvajal, Luis: “Cristianismo y Democracia”, en Iglesia Viva 101 (1982).
Mardones, J.M. ”Para un cristianismo de frontera”, en Cuadernos FyS, ed.
Sal Terrae, 2000.
Mardones, J.M. Adónde va la religión.
Cristianismo y religiosidad en nuestro tiempo. Santander, ed. Sal Terrae, 1996.
Oller, M. Dolors:
“Ante una democracia de baja intensidad:
la democracia a construir”, en V Seminario de Profesionales jóvenes de Cristianisme i Justicia.
Pietri, Gaston: El catolicismo desafiado por la democracia, Santander,
ed. Sal Terrae, 1999.
Valadier, Paul: “Démocratiser la république” en Semanas Sociales de Francia, 1998
Velasco, Demetrio: “Iglesia y Democracia”, en Iglesia
Viva, 178-179 (1995).
Velasco, Fernando: “Aproximación al fundamentalismo político católico
actual”, en Iglesia Viva, 178-179 (1995).
|